jueves, 25 de junio de 2026

Bonn 2026 transición justa, promesas institucionales y el lugar todavía insuficiente del trabajo.

Bonn 2026 transición justa, promesas institucionales y el lugar todavía insuficiente del trabajo.

 

Las reuniones climáticas de Bonn son una instancia central del proceso internacional de negociación climática. No constituyen una COP en sentido estricto ni suelen producir las grandes decisiones políticas finales, pero cumplen una función decisiva: preparar el terreno técnico, jurídico y político para la conferencia anual de las Partes. Allí se reúnen los órganos subsidiarios de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático —el SBI y el SBSTA— para ordenar agendas, discutir borradores, medir consensos, identificar desacuerdos y construir, o bloquear, los textos que luego pueden llegar a la COP, la CMA y la CMP.

En 2026, la reunión de Bonn tuvo una importancia particular porque funcionó como puente entre la conferencia de Belém 2025 y la COP31, prevista en Antalya, Türkiye. Fue, en ese sentido, una estación intermedia pero no secundaria: allí se pusieron a prueba las posibilidades reales del multilateralismo climático para avanzar en mitigación, adaptación, financiamiento, tecnología, transparencia y transición justa. Bonn no fue el lugar del cierre definitivo, sino el espacio donde se reveló con claridad qué temas estaban maduros para avanzar y cuáles seguían atravesados por conflictos profundos. Por eso, leer Bonn permite anticipar el clima político de la próxima COP y comprender dónde se juega, todavía, la posibilidad de una acción climática más ambiciosa, justa e inclusiva.

Cuando leo el resumen final de las reuniones climáticas de junio de 2026 en Bonn[1], no tengo la impresión de estar frente a una conferencia fallida en sentido simple. Sería demasiado fácil decir eso. Veo algo más incómodo: una negociación que avanzó en algunas piezas procedimentales, pero que volvió a mostrar una dificultad estructural del régimen climático internacional. Hay consenso suficiente para nombrar los grandes problemas, pero todavía no hay consenso suficiente para convertir esas palabras en garantías materiales para los pueblos, las comunidades y las personas que trabajan.

Bonn fue una reunión intermedia, pero no fue una reunión menor. Funcionó como puente entre la conferencia de Belém de 2025 y la COP31, prevista en Antalya, Turquía. En términos formales, reunió al SBI y al SBSTA, los dos órganos subsidiarios de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En términos políticos, fue un ensayo general de las disputas que llegarán a la COP31: mitigación, adaptación, financiamiento, tecnología, mercados de carbono, transición justa y arquitectura institucional.

El contexto internacional no fue neutro. El informe sitúa las negociaciones bajo una atmósfera de crisis geopolítica, presión energética y agravamiento climático. La dependencia fósil apareció no solo como problema ambiental, sino como problema de seguridad energética, inflación y vulnerabilidad social. Al mismo tiempo, la advertencia sobre un fenómeno de El Niño intenso, con mayor riesgo de sequías, lluvias extremas y olas de calor, recuerda que la crisis climática no espera el ritmo lento de la diplomacia. La emergencia avanza por la vía de los hechos; la institucionalidad internacional avanza por la vía del consenso. Y allí aparece el primer desacople.

La reunión tuvo un arranque relativamente ordenado. A diferencia de otros años, las agendas se adoptaron rápido y las negociaciones sustantivas pudieron comenzar desde el primer día. Pero ese impulso inicial no se sostuvo. El informe es claro: en varios asuntos, las divergencias fueron tan profundas que las Partes ni siquiera pudieron acordar un texto que recogiera los avances de Bonn como base de trabajo para la siguiente sesión. Esto es grave. En la práctica, cuando no se logra conservar un texto, no solo se pierde tiempo: se pierde memoria negociadora. La próxima reunión comienza más atrás de lo que debería.

El caso de mitigación fue paradigmático. El Programa de Trabajo sobre Mitigación quedó trabado por una disputa que no es técnica, sino política. Algunos países y grupos querían vincularlo más directamente con los resultados del Balance Global y con la necesidad de mantener vivo el objetivo de 1,5°C. Otros resistieron esa conexión y prefirieron limitarlo a un espacio más acotado, centrado en apoyo para implementar las contribuciones nacionales. Detrás de esa discusión hay una pregunta de fondo: si el Balance Global dice que el mundo está lejos de la trayectoria necesaria, ¿la arquitectura climática tiene capacidad para corregir el rumbo o solo para registrar el incumplimiento?

La adaptación mostró otro límite, quizás más dramático. El Objetivo Global de Adaptación no logró avanzar como se esperaba. Se discutieron indicadores, metodologías, composición de una taskforce y formas de integrar los indicadores en los informes nacionales. Pero el punto más sensible volvió a ser el financiamiento. Los países en desarrollo insistieron en que no se puede hablar seriamente de adaptación sin medios de implementación, sin financiamiento previsible, accesible y suficiente. Los países desarrollados resistieron incluir esas referencias en ese texto, argumentando que el financiamiento se discute en otros espacios. El resultado fue un bloqueo. Y el bloqueo de la adaptación siempre tiene un costo humano: no se paga en el salón de negociación, se paga en territorios vulnerables, en trabajos expuestos, en ciudades calientes, en sistemas de salud tensionados, en hogares sin infraestructura.

Pero el eje que más me interesa es la transición justa. Porque allí se juega algo más que una categoría ambiental. Se juega la posibilidad de que la transición climática no sea una nueva forma de ajuste social con lenguaje verde.

El Programa de Trabajo sobre Transición Justa fue establecido en 2022. Su punto de partida es relevante: reconoce que las soluciones sostenibles y justas frente a la crisis climática deben estar fundadas en el diálogo social significativo y efectivo y en la participación de todas las partes interesadas. Esa frase, leída desde el derecho del trabajo, no es decorativa. Es la puerta de entrada del mundo laboral en la arquitectura climática. No habla solamente de comunidades afectadas en abstracto. Habla de diálogo social. Y cuando se habla de diálogo social, se habla necesariamente de trabajadores, empleadores y Estados; se habla de representación; se habla de negociación; se habla de conflicto; se habla de instituciones.

En Bonn, el grupo de contacto sobre transición justa tuvo tres tareas principales: terminar los términos de referencia para la revisión del Programa de Trabajo sobre Transición Justa que deberá realizarse en la CMA8[2], reflexionar sobre el quinto diálogo del programa y avanzar en la operacionalización del Mecanismo de Transición Justa. Es decir, no se trataba simplemente de conversar sobre transición justa, sino de empezar a definir si esa transición tendrá algún tipo de forma institucional más estable.

Allí aparece la disputa central: ¿qué será el Mecanismo de Transición Justa? Para algunos actores, debería ser un órgano constituido, con capacidad institucional propia. Para otros, debería apoyar medios de implementación. Para otros, no debería crear ni un nuevo órgano ni un nuevo mecanismo financiero. Dicho de manera más clara: algunos quieren que la transición justa tenga dientes; otros aceptan que tenga voz, pero no quieren que tenga presupuesto, mandato fuerte ni capacidad institucional autónoma.

Ese conflicto es decisivo. Porque una transición justa sin medios de implementación corre el riesgo de transformarse en una declaración moral. Puede decir que nadie debe quedar atrás, pero no impedir que alguien quede atrás. Puede decir que los trabajadores deben participar, pero no garantizar información, consulta, negociación ni protección del empleo. Puede hablar de comunidades afectadas, pero no asegurar reconversión productiva, formación profesional, protección social, ingresos, salud y seguridad en el trabajo.

La discusión sobre los términos de referencia de la revisión del programa también reveló una disputa por la conexión sistémica. Algunos grupos se opusieron a que la revisión considerara la relación entre el Programa de Trabajo sobre Transición Justa y otros instrumentos o procesos de la CMNUCC, del Acuerdo de París y del sistema de Naciones Unidas. También resistieron que la revisión pudiera analizar cómo las modalidades mejoradas del programa podían informar, o ser informadas por, la operacionalización del mecanismo. En apariencia, es una discusión de redacción. En el fondo, es una discusión sobre densidad institucional.

Porque si la transición justa queda aislada, pierde potencia. La transición justa necesita dialogar con mitigación, adaptación, financiamiento, tecnología, pérdidas y daños, comercio, derechos humanos, protección social, empleo decente y salud laboral. No puede ser una isla temática. Si se la separa de los flujos financieros, será retórica. Si se la separa de la adaptación, ignorará los riesgos climáticos que ya afectan a quienes trabajan. Si se la separa de la mitigación, no podrá intervenir en las decisiones productivas que transforman sectores enteros. Si se la separa del derecho del trabajo, perderá su gramática protectoria.

El acuerdo alcanzado fue modesto. Se aceptaron las conclusiones y los términos de referencia, con una fórmula de compromiso que permitió incluir referencias a complementariedad y coherencia, pero debilitadas por una expresión condicional. En otras palabras, se logró conservar una puerta abierta, pero no se decidió todavía qué pasará detrás de esa puerta.

No hay que despreciar ese avance. En negociaciones multilaterales, a veces una pequeña frase preservada en un texto vale más que un discurso completo pronunciado fuera de la sala. Pero tampoco conviene exagerarlo. Bonn no convirtió la transición justa en una garantía efectiva. Solo mantuvo vivo el proceso que podría hacerlo.

Desde una mirada sindical, esto es importante por dos razones. La primera es defensiva: si el movimiento sindical no interviene, la transición puede ser definida por Estados, empresas, bancos, consultoras y agencias técnicas sin suficiente anclaje en el mundo real del trabajo. La segunda es propositiva: la transición justa puede ser el punto de entrada para reconstruir una agenda laboral ecológica, capaz de unir empleo, ambiente, salud, formación, negociación colectiva y democracia económica.

La participación sindical aparece en el proceso climático a través de la la representación reconocidas de los sindicatos, TUNGO[3]. El informe final no desarrolla esa participación con detalle, pero la cobertura diaria permite identificar intervenciones sindicales y coaliciones de sociedad civil donde TUNGO aparece articulando con organizaciones ambientales, de género y juventud. Ese dato no es menor. Muestra que el sindicalismo no está completamente ausente del régimen climático. Pero también muestra que su presencia todavía aparece más visible en espacios de observadores, diálogos y presión política que en la estructura dura de decisión.

Esto plantea una tensión clásica: el movimiento sindical participa, pero no decide. Interviene, pero no siempre queda incorporado. Formula demandas, pero el texto final depende de las Partes. Por eso, la tarea sindical no puede limitarse a “estar presente” en las COP o en Bonn. Tiene que disputar tres niveles al mismo tiempo: el lenguaje, la institución y la implementación.

Disputar el lenguaje significa impedir que transición justa sea usada como una palabra amable para acompañar procesos injustos. La transición justa no puede significar simplemente aceptar cierres, reconversiones o relocalizaciones con alguna capacitación posterior. Debe significar anticipación, información, participación, negociación, protección de ingresos, continuidad laboral, salud y seguridad, derechos colectivos, protección social y mejora de las condiciones de vida.

Disputar la institución significa exigir que el Mecanismo de Transición Justa no sea apenas un foro de intercambio. Debe tener mandato, recursos, criterios, participación social efectiva y capacidad de orientar políticas. Si el mecanismo no puede incidir sobre financiamiento, tecnología, adaptación y planes nacionales, será un mecanismo nominal.

Disputar la implementación significa llevar la transición justa al territorio: a los convenios colectivos, a los comités mixtos de salud y seguridad, a los sistemas de formación profesional, a las políticas industriales, a los planes de adaptación, a las empresas públicas, a los servicios esenciales, a la economía informal y a las comunidades que ya están absorbiendo los costos de la crisis climática.

Para América Latina, el punto es todavía más sensible. Nuestra región no puede importar una transición justa pensada solamente para el cierre de minas de carbón en países industrializados. Necesitamos una transición justa que mire también la informalidad, los servicios públicos, los residuos, la agricultura, la infraestructura urbana, el transporte, la energía, la salud, los eventos climáticos extremos y la deuda. Una transición justa latinoamericana debe preguntarse quién trabaja, en qué condiciones, con qué protección, bajo qué representación y con qué capacidad real de incidir sobre las decisiones productivas.

Por eso, al leer Bonn, mi conclusión no es que la transición justa haya fracasado. Mi conclusión es más precisa: la transición justa está entrando en una fase de disputa institucional. Ya no alcanza con que figure en los discursos. Ahora se discute si tendrá mecanismo, si tendrá vínculo con financiamiento, si tendrá coherencia con otros procesos, si tendrá participación real y si podrá traducirse en derechos.

En ese punto, la pregunta sindical es inevitable: ¿queremos ser testigos de una transición definida por otros o sujetos constituyentes de una nueva arquitectura climática laboral?

Bonn deja una advertencia. La transición justa puede convertirse en una promesa administrada por la diplomacia climática, o puede transformarse en una plataforma de derechos para quienes trabajan y viven en los territorios afectados. Nada en el informe permite asegurar que la segunda opción esté garantizada. Pero sí permite ver que esa disputa está abierta.

Y cuando una disputa está abierta, la ausencia también toma partido.

 



[1] https://enb.iisd.org/bonn-climate-change-conference-sb64-sbi64-sbsta64-summary

[2] CMA8 es la octava reunión de la Conferencia de las Partes actuando como reunión de las Partes del Acuerdo de París —Conference of the Parties serving as the Meeting of the Parties to the Paris Agreement—. En la arquitectura climática internacional, la CMA es el órgano decisorio de los Estados que son Parte del Acuerdo de París. En el informe sobre Bonn 2026, varias cuestiones pendientes, entre ellas la revisión del Programa de Trabajo sobre Transición Justa, aparecen remitidas a la CMA8, prevista para noviembre de 2026.

 

[3] TUNGO es la sigla de Trade Union Non-Governmental Organizations —organizaciones no gubernamentales sindicales—. En el proceso de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, las ONG observadoras admitidas se agrupan en “constituencies” o circunscripciones según sus intereses o perspectivas. TUNGO es la circunscripción que reúne y expresa la voz sindical dentro de ese proceso. No es un órgano decisorio de la CMNUCC ni una delegación estatal, sino un espacio de representación, coordinación e incidencia de las organizaciones sindicales ante las negociaciones climáticas internacionales.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entre el 15 y el 19 de junio de 2026 participé, en el Centro Internacional de Formación de la OIT en Turín, de la actividad **“Fortalecimien...