martes, 29 de julio de 2025

QUÉ ESTA PASANDO EN BONN, PARTE II.

que esta pasando en Bonn, parte 2. Lo que hay que saber  sobre Bonn 2025 y su camino a Belém )si no quiere leer el texto completo, aquí un resumen)




 

¿Por qué Bonn sigue siendo relevante si las decisiones formales se adoptan en la COP?

 

Bonn funciona como el engranaje invisible que hace posible la “foto final” de cada COP. Aquí se reúnen los dos órganos subsidiarios—SBI (Implementación) y SBSTA (Ciencia y Tecnología)—para despejar corchetes, fijar calendarios y producir los borradores que más tarde votará el plenario ministerial. Sin estos textos preliminares, la COP llegaría a noviembre con una montaña de opciones sin depurar, lo que colapsaría cualquier intento de decisión política. Piénselo como la escritura de un contrato: en Bonn se revisa cada cláusula, se comparan definiciones y se asignan responsabilidades; en la COP se firma. Si en Bonn el texto queda plagado de interrogantes, la COP empezará ya en desventaja, obligada a negociar bajo focos mediáticos y con una agenda saturada. Por eso los bloqueos de agenda o las demoras en acordar indicadores, como las que vimos este año, no son meras anécdotas: cada hora perdida aquí multiplica la presión sobre el tramo decisivo en Belém.

 

¿Cuál es la importancia real de la meta financiera de 1,3 billones US$ propuesta en la Hoja de Ruta Bakú–Belém?

 

La cifra de 1,3 billones US$ actúa como señal de escala más que como compromiso jurídico; apunta a transmitir al mercado y a los gobiernos que la transición climática exige volúmenes de inversión muy por encima de los 100 000 millones US$ anuales prometidos en 2009. Su peso político radica en forzar una conversación: sin una magnitud creíble de recursos, ningún país en desarrollo aceptará elevar metas de mitigación o adaptación. Sin embargo, el diablo está en la letra pequeña: ¿cuánto será subvención, cuánto préstamo, cuánto capital privado apalancado? Si la mayor parte son instrumentos de deuda, el Sur global podría terminar con más pasivos que soluciones. En tanto no exista arquitectura detallada—fuentes, plazos, criterios de acceso—la cifra corre el riesgo de convertirse en un titular vacío que los mercados descontarán rápidamente.

 

¿Qué avances concretos logró Bonn en pérdidas y daños, y por qué todavía se percibe estancamiento?

 

En términos técnicos, Bonn acordó priorizar la revisión de medio término del Mecanismo Internacional de Varsovia y formalizó la integración progresiva de las pérdidas y daños dentro de las NDC. También se consensuó fortalecer la trazabilidad de la asistencia que presta la Red de Santiago. El problema es que todo ello ocurre sin inyección de dinero adicional: los países vulnerables piden recursos concesionales—no préstamos—para reconstrucción y compensación. Al no haber compromisos de desembolsos, los textos resultan meras “tomas de nota”. Así, el proceso avanza en arquitectura institucional, pero la realidad de las comunidades afectadas sigue atada a fondos insuficientes y demorados. Mientras no exista un acuerdo político sobre la fuente y la escala del financiamiento, la sensación de estancamiento persistirá, por más que los documentos se multipliquen.

 

¿Por qué el Programa de Trabajo de Mitigación (MWP) genera tantas críticas pese a su objetivo de acelerar la acción climática?

 

El MWP nació con expectativas altas: cerrar la brecha entre la ciencia—que exige recortes drásticos—y la práctica nacional—que avanza mucho más lento. Sin embargo, su dinámica se ha vuelto eminentemente procesal: abundan los diálogos informales, las presentaciones y las plataformas de intercambio, pero faltan directrices vinculantes que obliguen a revisar subsidios fósiles, cronogramas de cierre de plantas de carbón o metas sectoriales. Además, la tensión Norte-Sur se asoma a cada propuesta: cuando países desarrollados impulsan más ambición, los países en desarrollo replican que sin financiamiento y transferencia tecnológica cualquier “empuje” será inviable. El resultado es un círculo: se pospone la discusión sustantiva y se convoca a otro taller para «profundizar». Hasta que el MWP no incorpore compromisos concretos—por ejemplo, planes de eliminación de combustibles fósiles respaldados por apoyo financiero—seguirá acumulando críticas de ineficacia.

 

¿Qué puede hacer América Latina y el Caribe para influir en Belém 2025?

 

La región posee tres palancas. Primero, la diplomática: coordinar posiciones entre AILAC, ALBA y países amazónicos para actuar como bloque, elevando el costo político de ignorar sus demandas. Segundo, la financiera: insistir en líneas de crédito concesional y mecanismos mixtos—garantías, canjes de deuda por clima—que reconozcan la condición de renta media y reduzcan tasas de interés. Tercero, la narrativa: articular historias de éxito en transición energética (Chile y Uruguay con renovables, Brasil con bioenergía) como prueba de que el respaldo financiero genera beneficios tangibles. Si la región llega fragmentada, cada país negociará desde una posición más débil. Pero si coloca en la mesa una agenda común—finanzas, adaptación y transición justa—podrá influir en la arquitectura final del financiamiento pos-2025 y en los términos de referencia del programa de transición justa. En síntesis, la clave será pasar de la reacción dispersa a la proposición coordinada.

Y ahora, si te interesa un poco más….lo que dejó Bonn 2025: radiografía (crítica) de las negociaciones climáticas de mitad de año

 

1. Intro – Bonn, la cocina de la COP

 

Cada junio, el compactísimo centro de congresos a orillas del Rin se convierte en la olla a presión de la política climática: más de 9 000 personas —delegaciones, observadores, prensa, activistas— aterrizan con la misión de destrabar corchetes y decidir si el mundo avanzará o no antes de la próxima COP. A diferencia del glamour de noviembre, aquí todo es pasillo, sigla y trasnoche: el SBI pule la “fontanería” (plazos, apoyo financiero, monitoreo) mientras el SBSTA traduce ciencia y tecnología en artículos legales. La combinación puede sonar árida, pero lo que se pacta o se congela en Bonn se convierte en la materia prima —o el lastre— de los textos finales que luego se firman entre flashazos en la COP.

 

Este año el arribo estuvo marcado por dos telones de fondo. Primero, el sabor amargo que dejó Bakú 2024: un compromiso financiero percibido como insuficiente y la conciencia de que la carrera por mantener el 1,5 °C ya corre con cronómetro en rojo. Segundo, la presión extra del cronograma: la COP30 de Belém (Brasil) exige llegar con los deberes hechos si quiere celebrar algo más que la samba. Con ese doble chip —urgencia científica y desgaste político— Bonn 2025 arrancó recordándonos que, en este proceso, los minutos cuestan partes por millón de CO₂.

 

La atmósfera de sala fue, pues, una mezcla de reencuentro y tensión. Delegados que llevan una década viéndose cada seis meses comentaban, café en mano, que nunca habían sentido tanto cansancio anticipado. Observadores advertían que la “fatiga multilateral” podía convertirse en el mejor aliado de los que apuestan al statu quo. Y sin embargo, entre paneles sobre océanos y hojas de ruta financieras, se escuchaba una certeza: si Bonn pincha el globo, Belém no despega. Bienvenidos a la cocina; coloquen sus relojes en cuenta regresiva.

 

2. El contexto post-Bakú: finanzas, desconfianza y agendas trabadas

 

Si alguien esperaba que las promesas de Bakú curaran la crónica escasez de recursos, se topó con la cruda aritmética política: 1,3 billones de USD propuestos para la “Hoja de Ruta Bakú-Belém” y cero claridad sobre cómo, cuándo y de dónde saldrán. Anticipando reproches, las economías desarrolladas defendieron aportes “diversificados” (léase: préstamos, garantías y mercados de carbono), mientras los países en desarrollo reclamaban el regreso al Artículo 9.1 del Acuerdo de París: financiamiento “nuevo, adicional y concesional”.

 

Ese desfase contaminó casi cada sala de negociación. Las capitales que arrastran deudas externas históricas denunciaron que los instrumentos crediticios perpetúan la dependencia; el G-77/China recordó que las “medidas comerciales unilaterales” (véase: mecanismos de ajuste de carbono en frontera) amenazan sus exportaciones justo cuando necesitan divisas para transiciones energéticas. Resultado: nadie parecía dispuesto a hablar de ambición sin hablar primero de chequera.

 

La desconfianza se materializó en una barrera invisible: el “no avance” por defecto. Grupos técnicos que normalmente despachan asuntos menores en media hora pasaron hojas y hojas debatiendo si tenían “mandato” para ello. El dilema era evidente: ¿aceptar la agenda y correr el riesgo de que los grandes temas queden relegados, o bloquearla y perder días preciosos de negociación? Bonn respondió con la segunda opción, y la pelota, una vez más, fue el reloj.

 

3. Treinta horas para decir “aprobada”: el drama procedimental

 

3.1. LMDC vs. todos: Artículo 9.1 y medidas comerciales

 

Lunes 16 a las 10 a. m.: apertura formal prevista. Lunes 16 a las 9 p. m.: plenario aún paralizado. El pulso lo marcaban los Like-Minded Developing Countries (LMDC), que exigían incorporar al temario la obligación legal del Norte de financiar la acción climática y el debate sobre “medidas comerciales unilaterales”; la UE, Canadá y Australia replicaban que ambos asuntos “excedían” el mandato de los órganos subsidiarios. El impasse se destrabó recién el martes, cuando se aceptó el clásico truco diplomático: los temas polémicos salían del título, pero quedaban vivos en consultas informales.

 

El precio político fue alto. Países africanos y de AOSIS se quejaron de que la jugada diluye debates existenciales (1,5 °C, pérdidas y daños) en un laberinto procedimental. Y, sobre todo, se encendió una alerta: la confianza básica —oxígeno del multilateralismo— está en mínimos, y basta un par de temas sensibles para congelar a 198 capitales.

 

3.2. Cuando el reloj cuenta más que la ciencia

 

Treinta horas de bloqueo no parecen mucho… hasta que multiplicas por la logística de 10 000 personas y el ritmo milimétrico de un calendario de diez días. Las salas se reprogramaron como piezas de Tetris, las traducciones simultáneas se solaparon y los grupos técnicos empezaron a recortar discusiones “por falta de tiempo”. Los veteranos saben lo que eso significa: textos redactados por quien tiene más asesores disponibles y menos jet-lag, usualmente las delegaciones ricas. Así, la prisa se volvió una fuerza política: cuando el reloj aprieta, la ciencia —que exige debates densos sobre datos, trayectorias y presupuestos de carbono— pierde terreno ante soluciones rápidas y vagas.

 

4. Adaptación al centro del ring

 

Después de años como hermanita menor, la adaptación reclamó foco propio. El Comité de Adaptación, empantanado en una disputa sobre quién debe revisarlo (COP, CMA o ambos), simbolizó la pugna por el control institucional. Pero en paralelo surgió una señal positiva: el tránsito definitivo del Fondo de Adaptación al paraguas del Acuerdo de París fue avalado, abriendo la puerta a reglas de gobernanza renovadas y, con suerte, a más liquidez.

 

Aun así, las discusiones expusieron la fractura habitual: necesidad de más dinero blando frente a bolsillos del Norte que prefieren instrumentos mezclados. El Grupo Africano advirtió que sin “medios de implementación” claros, cualquier indicador es papel mojado. Japón y Australia replicaron que medir finanzas complicaría la comparabilidad técnica. En el trasfondo, los países de renta media temen quedar atrapados en el limbo: “demasiado ricos” para subsidios, demasiado pobres para bonos climáticos.

 

4.1. El Fondo de Adaptación se muda al Acuerdo de París

 

La decisión de completar el traspaso antes de Belém implica resolver vínculos jurídicos con el Banco Mundial y fijar nuevos criterios de acceso directo. Voces del Pacífico celebraron la oportunidad de agilizar proyectos resilientes frente al aumento del nivel del mar; la UE insistió en condicionar desembolsos a salvaguardas de gobernanza. Todos coincidieron en una urgencia: asegurar capitalización inicial que dé credibilidad política, no solo comunicados optimistas.

 

4.2. Cien indicadores para medir un mundo que arde

 

El Objetivo Global de Adaptación (GGA) traía una mochila de 9 000 métricas propuestas. Bonn logró reducir el menú a “no más de 100”, pero el verdadero debate fue qué medir: impactos físicos, resiliencia social, o flujo de dinero. Australia rechazó incluir variables financieras; AILAC y el Grupo Africano defendieron que sin plata no hay adaptación verificable. El resultado fue un borrador híbrido: porcentajes de población protegida conviven con referencias indirectas a apoyo recibido. Queda claro que la ciencia de medir la adaptación es también geopolítica pura.

 

5. Mitigación: un programa que gira en círculos

 

El Programa de Trabajo de Mitigación (MWP) nació para acelerar los recortes de emisiones en la “década crítica”, pero en Bonn pareció un disco rayado. Cinco diálogos globales, toneladas de power-points y aún sin consenso sobre cómo traducirlos en decisiones vinculantes, según lamentaron AILAC y AOSIS.

 

5.1. El MWP y su “plataforma digital” de la discordia

 

La propuesta estrella —crear una plataforma digital que conecte proyectos con financiamiento— dividió la sala: para AOSIS distrae recursos que deberían ir directo a cerrar plantas de carbón; para el Grupo Africano es una oportunidad de visibilizar iniciativas poco atractivas para los mercados de carbono convencionales. La UE pidió “evitar duplicidades”, citando registros ya existentes; los LMDC alertaron que un portal global podría convertirse en mecanismo de monitoreo encubierto. Sin acuerdo, el asunto quedó en “intersesional”, eufemismo para “nos vemos (otra vez) en Belém”.

 

5.2. El fantasma del 1,5 °C y los gigantes emisores

 

La Organización Meteorológica Mundial recordó que la temperatura global promedia ya entre 1,34 °C y 1,41 °C sobre la era preindustrial. Sin embargo, varios grandes emisores resistieron cualquier lenguaje que mencionara explícitamente la eliminación acelerada de combustibles fósiles. Los Estados insulares acusaron recibo: “El tifón no lee notas al pie”. La conclusión informal fue demoledora: mientras el MWP siga sumando seminarios sin tocar nervios económicos —subsidios a fósiles, desinversión y ruta de salida del gas—, el 1,5 °C seguirá siendo un eslogan aspiracional más que un plan de vuelo.

 

6. Pérdidas y daños: Varsovia, Santiago y la odisea del financiamiento

 

El mecanismo internacional de Varsovia (WIM) y la Red de Santiago constituyen hoy el andamiaje formal para abordar las pérdidas y daños derivados del cambio climático. En Bonn 2025 se examinó por primera vez el informe conjunto del Comité Ejecutivo del WIM y de la Red, que incluye el balance de asistencia técnica prestada entre marzo y septiembre de 2024. La discusión evidenció dos avances y varios cuellos de botella.

 

Avances técnicos. Las partes acordaron priorizar la revisión de medio término del WIM —programada para 2024 y aplazada en Bakú— y solicitaron a los facilitadores un borrador de decisión breve para Belém. Asimismo, se respaldó la integración progresiva de las pérdidas y daños en las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC), a fin de mejorar la coherencia entre mecanismos.

 

Cuellos de financiamiento. Todo progreso técnico se vio empañado por la ausencia de garantías financieras adicionales. Países vulnerables exigieron que las conclusiones reconozcan explícitamente la necesidad de recursos concesionales nuevos y no redirijan fondos existentes. Ante la falta de consenso, el borrador remitido a la COP30 se limita a “tomar nota” del informe y “acoger” la labor de los órganos, sin comprometer flujos nuevos de capital. Observadores de la sociedad civil subrayaron que la palabra “acoger” mantiene las puertas abiertas, pero no asegura desembolsos ni acceso simplificado.

 

Transparencia institucional. Hubo coincidencia en fortalecer el seguimiento de solicitudes técnicas recibidas por la Red de Santiago y dotar de indicadores de desempeño a su Secretaría provisional. Sin embargo, persisten dudas sobre la gobernanza futura: ¿pasará a ser un organismo autónomo o seguirá bajo el paraguas del WIM? El texto de Bonn marca opciones entre corchetes sin preferencia para ninguna.

 

En síntesis, las discusiones consolidaron el marco operativo del WIM/Santiago pero aplazaron la respuesta clave: cómo financiar compensaciones y reconstrucción en países que ya sufren daños irreversibles.

 

7. La (eterna) conversación sobre la plata: de los 100 000 M a los 1,3 B

 

La promesa de 100 000 millones de dólares anuales —lanzada en Copenhague 2009 y formalmente “cumplida” en 2023— ya no sirve de referencia política. En Bonn se discutió la Hoja de Ruta Bakú–Belém, que plantea movilizar 1,3 billones de dólares en la próxima década para cerrar brechas de mitigación, adaptación y pérdidas y daños.

 

Estructura de la propuesta. El documento de trabajo divide la cifra en tres componentes: capital público concesional, garantías para apalancar inversión privada y ampliación de mercados de carbono voluntarios. Las economías desarrolladas defendieron la fórmula mixta; el G-77/China reclamó metas específicas de subvenciones para evitar encarecer la deuda de los prestatarios.

 

Información ex-ante. En el taller del Artículo 9.5, varias partes recordaron que la CMNUCC exige comunicar con antelación los flujos financieros previstos. Los países en desarrollo señalaron que tales comunicaciones siguen siendo heterogéneas y de corto plazo, lo que dificulta planificar proyectos de largo aliento. Japón y la UE aceptaron revisar formatos comunes, pero mantuvieron la voluntariedad en la profundidad de la información.

 

Acceso versus volumen. Delegaciones africanas insistieron en que el debate debe pasar del “cuánto” al “cómo”. Denunciaron tasas de interés superiores al 6 % en préstamos climáticos y procesos de acreditación que pueden tardar más de 24 meses. Sin un compromiso sobre tasas preferenciales y ventanillas rápidas, cualquier cifra resultará nominal.

 

Próximos pasos. Bonn cerró con un mandato para elaborar un esquema de seguimiento bianual del cumplimiento de la hoja de ruta. No obstante, los términos de referencia permanecen abiertos: se discute si evaluará solo montos desembolsados o también calidad y condiciones de los instrumentos.

 

La conclusión es clara: la meta de 1,3 billones genera consenso como señal de escala, pero el desacuerdo sobre su naturaleza financiera amenaza con desdibujarla antes de llegar a Belém.

 

8. Ciencia, datos y el IPCC: cuando el termómetro incomoda

 

El Órgano Subsidiario de Asesoramiento Científico y Tecnológico (SBSTA) debatió la relación entre evidencia científica y toma de decisiones. El IPCC informó avances rumbo a su Séptimo Informe de Evaluación, incluyendo un capítulo sobre financiamiento para adaptación y pérdidas y daños y la actualización de guías técnicas de 1994.

 

Contenidos sensibles. Varias delegaciones solicitaron incluir menciones explícitas a la geoingeniería solar y a los riesgos de las tecnologías de remoción de dióxido de carbono (CDR). La Unión Europea argumentó que su promoción sin cautelas podría generar “efectos de bloqueo” en la reducción de emisiones. Arabia Saudita y la India advirtieron contra “prejuicios” que frenen la investigación. El texto final insta al IPCC a “evaluar beneficios y riesgos” sin descartar enfoques.

 

Saberes diversos. Guatemala y Australia diferencian saberes indígenas de conocimientos locales, subrayando la necesidad de metodologías propias y reconocimiento de derechos colectivos. El borrador de conclusión alienta la inclusión de estos saberes pero evita comprometer financiamiento adicional para su integración.

 

Datos de observación sistemática. El SBSTA examinó la representatividad de estaciones meteorológicas en el Sur Global. Chile propuso modelos climáticos endógenos para reducir la dependencia de proyecciones extra-regionales. El consenso: reforzar la red GCOS y priorizar regiones “de dato escaso” en los próximos planes de observación.

 

Temperatura media global. Se tomó nota del informe de la OMM que sitúa el aumento actual entre 1,34 °C y 1,41 °C sobre niveles preindustriales, reafirmando la urgencia de alinear los NDC con trayectorias de 1,5 °C. No se incluyó, sin embargo, ningún enlace directo entre esos resultados y la revisión de metas de mitigación.

 

En síntesis, la ciencia mantiene su lugar central, pero la traducción de hallazgos a decisiones sigue limitada por intereses políticos y capacidad de absorción técnica.

 

9. Tecnología y creación de capacidades: mucho PDF, poca electricidad

 

El Technology Implementation Programme (TIP) —creado en la COP28 para acelerar la difusión de tecnologías climáticas— mostró señales de fatiga. Varios países señalaron ambigüedad en su alcance y temor a duplicar esfuerzos con iniciativas existentes.

 

Alcance temático. Las discusiones giraron en torno a incluir o no los “combustibles de transición” (gas natural y derivados) dentro de las tecnologías elegibles. Estados Unidos y Qatar apoyaron su consideración; la UE y AOSIS sostuvieron que ello contravendría la senda de descarbonización a medio plazo. El texto de Bonn retiene ambos enfoques entre corchetes.

 

Gestión del conocimiento. Delegaciones del Sur Global reclamaron que el TIP produce “demasiados documentos de orientación” y pocos proyectos en terreno. Pidieron ajustar indicadores de desempeño para medir tasa de adopción y energía instalada en megavatios, no solo eventos realizados.

 

Creación de capacidades. El debate sobre tecnología se enlazó con el Programa de Fortalecimiento de Capacidades. Países africanos denunciaron que menos del 15 % de los talleres de 2024 se llevaron a cabo en regiones de menor cobertura eléctrica. La Secretaría se comprometió a presentar un mapa de brechas de capacitación antes de diciembre.

 

Financiamiento y gobernanza. Se registró discordia sobre la relación del TIP con el Fondo Verde para el Clima. Algunos miembros propusieron una ventanilla exclusiva; otros temen burocratizar el acceso. Hasta resolverlo, el TIP deberá reportar necesidades financieras de forma desagregada en su informe anual.

 

La falta de definiciones claras amenaza con relegar al TIP a un repositorio documental, mientras la demanda de transferencia tecnológica crece año tras año.

 

10. Transición justa: promesa social o expediente burocrático

 

El Programa de Trabajo sobre Transición Justa y Desarrollo Sostenible (PTJ) continúa sin definición operativa. Bonn celebró consultas informales centradas en estructura, gobernanza y financiamiento, reafirmando la necesidad de una hoja de ruta antes de 2026.

 

Gobernanza participativa. Varias partes propusieron establecer un comité asesor con representación tripartita (gobiernos, empleadores, trabajadores) y participación de pueblos indígenas. Australia y Canadá sugirieron integrar expertos independientes para asegurar rigor técnico. Algunos países en desarrollo temen que un órgano tan amplio ralentice decisiones.

 

Temas prioritarios. El borrador consolidado identifica cinco áreas: planificación sectorial, formación laboral, protección social, enfoque de género y gobernanza multinivel. Los sindicatos insistieron en que la agenda no se limite a “mitigar impactos negativos”, sino que maximice beneficios distributivos de la transición energética.

 

Financiamiento dedicado. Delegaciones del G-77/China señalaron la ausencia de líneas específicas en los fondos climáticos existentes y pidieron habilitar una ventanilla de transición justa en el GCF. Reino Unido y Alemania respaldaron explorar instrumentos de garantía para proyectos generadores de empleo verde. No hubo acuerdo sobre la proporción de subvenciones frente a préstamos.

 

Resultados de Bonn. El texto remitido al SBI solicita que la Secretaría prepare opciones de gobernanza y financiamiento para Belém, incluyendo criterios de seguimiento de impacto social en proyectos climáticos. La fecha objetivo es abril de 2026.

 

El avance es modesto pero estructural: por primera vez se consolidan ámbitos temáticos y se reconoce la necesidad de financiamiento específico, aunque sin compromisos numéricos ni mecanismo legalmente vinculante.

 

11. Actores no estatales: pasillos llenos, micrófonos vacíos

 

Las negociaciones de Bonn ya no son solo asunto de diplomáticos. Casi 2 400 observadores —ONG, sindicatos, pueblos indígenas, empresas, universidades— se acreditaron este año, un récord que confirma la “multitud de pasillo”. Sin embargo, el diseño del proceso sigue centrado en las Partes: los grupos externos pueden leer declaraciones de tres minutos, pero no pueden proponer texto ni votar. Esa asimetría se traduce en tres tensiones:

  • Acceso desigual. Las organizaciones del Sur global denunciaron que los altos costos de viaje y alojamiento en Alemania limitaron su delegación; YOUNGO propuso visados electrónicos exprés y alojamientos asequibles para COP30.
  • Captura corporativa. CAN exigió que se declaren conflictos de intereses y se prohíba el patrocinio de empresas fósiles en los eventos oficiales.
  • Equidad de la voz. Aunque los observadores enriquecen el debate con expertise social, su capacidad de incidir depende de la apertura política de la Presidencia y de la voluntad de las Partes. En Bonn, varias sesiones técnicas se trasladaron a salas pequeñas sin audio público, cerrando la puerta a intervenciones externas.

 

El resultado es un contraste creciente: la sala plenaria rebosante de credenciales y, al mismo tiempo, decisiones que todavía se redactan a puerta cerrada. Sin reformar las reglas de participación, la legitimidad del régimen corre el riesgo de depender más de la foto que del fondo.

 

12. Lo que no se resolvió (y por qué importa)

 

Pese a doce días de agenda, los órganos subsidiarios cerraron dejando “progresos capturados en documentos sin estatus formal”. Las principales deudas son:

  1. Financiamiento. Sin cifras nuevas sobre la Hoja de Ruta Bakú-Belém, el compromiso de movilizar 1,3 billones US$ sigue siendo un concepto sin arquitectura financiera.
  2. Tecnología. El TIP quedó en punto muerto, sin acuerdo sobre su aporte a la transición energética ni sobre si incluir combustibles de transición.
  3. Mitigación. El MWP pospuso la discusión sobre eliminación de subsidios fósiles.
  4. Eficiencia del proceso. Persisten divergencias sobre limitar el tamaño de las delegaciones y racionalizar la agenda.

 

Esta lista de pendientes no es menor: sin claridad financiera, tecnológica y procedimental, Belém recibirá más corchetes que propuestas maduras, ampliando la brecha entre la urgencia climática y la diplomacia.

 

13. De Bonn a Belém: escenarios y apuestas

 

Belém 2025 será la primera COP amazónica y el momento de presentar la hoja de ruta de 1,3 billones, el paquete de implementación del Global Stocktake y las nuevas NDC. Tres vectores definirán el tono:

  • Batallas de agenda. Los LMDC anticipan reabrir Artículo 9.1 y medidas comerciales; la UE quiere centrar el plenario en la síntesis de NDC y la ambición de 1,5 °C.
  • Maratón financiera. Sin un borrador sólido, los ministros de economía deberán negociar en paralelo al segmento de alto nivel; la falta de avance augura largas noches amazónicas.
  • Legitimidad social. YOUNGO y CAN exigirán garantías de derechos humanos y transparencia logística en el Host Country Agreement.

 

La presidencia brasileña enfrenta el reto de balancear pragmatismo —evitar otro bloqueo de agenda— y ambición —convertir la COP en catalizador de recursos reales—. Un escenario optimista implicaría adoptar al menos decisiones marco en financiación y transición justa. El pesimista, repetir la parálisis de Bonn con mayor atención mediática y menor margen de maniobra.

 

14. Claves para América Latina y el Caribe

 

La región llega dividida entre AILAC, ALBA, Brasil y grupos afines, pero comparte tres urgencias:

  1. Finanzas concesionales. Los países de renta media temen quedar atrapados entre la etiqueta de “demasiado ricos” para subvenciones y “demasiado pobres” para crédito comercial. El debate sobre acceso y tasas preferenciales será decisivo.
  2. Transición justa productiva. Las economías intensivas en commodities buscan apoyo para diversificar exportaciones sin perder empleo. La ausencia de líneas específicas en el GCF limita la planificación.
  3. Sinergias NDC-ODS. Con la mirada puesta en el Foro Político de Alto Nivel 2025, varios gobiernos exploran integrar metas de salud, género y trabajo decente en sus nuevas NDC, alineando financiamiento climático con ODS prioritarios.

 

Además, Belém ofrece una ventana diplomática: Brasil, como anfitrión, podría articular un bloque latinoamericano que negocie en paquete financiamiento, adaptación y transición justa, elevando la voz regional frente a los grandes emisores.

 

15. Conclusiones: cinco lecciones de un proceso empantanado

 

1. El tiempo es poder. Treinta horas de bloqueo inicial demostraron que quien controla la agenda controla el resultado; la pérdida de tiempo favorece a las delegaciones con más recursos y abogados.

 

2. Sin dinero no hay texto. El Artículo 9.1 sobre obligación de financiamiento condiciona toda conversación de ambición: los países en desarrollo no firmarán metas más duras sin garantías financieras sólidas.

 

3. Participación limitada erosiona legitimidad. Observadores abundan, pero siguen en la periferia de la decisión; la presión por transparencia y captura corporativa crecerá en Belém.

 

4. Ciencia referenciada, pero no internalizada. Tomar nota del informe de la OMM sobre 1,34-1,41 °C sin ajustar metas muestra la brecha entre evidencia y política.

 

5. América Latina necesita coordinarse. Fragmentada, la región dispersa su influencia; un frente común podría negociar condiciones de acceso a financiamiento y mecanismos de transición justa más favorables.

 

Bonn 2025 no fracasó, pero tampoco encendió motores. Dejó el tablero lleno de piezas sin encajar y amplió la presión sobre la presidencia brasileña. Lo que ocurra (o no) en la selva amazónica dirá si la diplomacia climática puede acelerar a la velocidad de la ciencia.

 

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