martes, 2 de junio de 2026

QUE HACEMOS LOS VARONES FRENTE AL FEMICIDIO?


El femicidio de Agostina Vega, una adolescente de 14 años asesinada en la ciudad de Córdoba después de una semana de búsqueda, nos vuelve a poner frente a una pregunta que incomoda y que, precisamente por eso, no deberíamos esquivar: ¿qué hacemos los varones ante la violencia femicida?  Alcanza con expresar horror cuando el daño ya ocurrió? alcanza con decir que “nosotros no somos así”? . Personalmente, lo dudo. Cada femicidio nos obliga a revisar no solo la conducta del agresor, sino también los silencios, las bromas, las complicidades, las omisiones y las formas de pertenencia masculina que, muchas veces, preparan el terreno cultural donde esa violencia se vuelve posible.

Creo que la incomodidad masculina frente al femicidio tiene una raíz bastante más profunda que la simple “falta de información”. Sabemos, en abstracto, que está mal. Sabemos que no hay que matar, violar, acosar, amenazar ni controlar. El problema no es cognitivo: es político, afectivo y corporativo. Nos incomoda porque nos obliga a mirar una zona de pertenencia: el mundo de los varones, sus silencios, sus bromas, sus jerarquías, sus complicidades, sus formas de admiración y también sus cobardías.

La violencia contra las mujeres no es un accidente aislado ni una patología individual sin contexto. La OMS la define como un problema grave de salud pública y una violación de derechos humanos, enraizada en la desigualdad de género; el marco RESPECT, elaborado por OMS y ONU Mujeres, plantea que prevenirla exige intervenir sobre normas sociales, relaciones de poder, empoderamiento, servicios, pobreza, entornos y habilidades relacionales. Dicho de otro modo: el femicida aprieta el gatillo, la soga o el cuchillo, pero no inventa solo el mundo simbólico que le permite creer que una mujer, una niña o una ex pareja puede ser tratada como propiedad, castigo, trofeo o descarte.

Hay una primera razón: los varones aprendimos a no hablar de lo que nos compromete emocionalmente. Entre nosotros hablamos de política, fútbol, trabajo, dinero, autos, poder, cansancio. Pero hablamos poco de miedo, deseo, celos, frustración, rechazo, vergüenza, ternura o violencia. La masculinidad tradicional produce una especie de analfabetismo afectivo: no nos enseña a registrar lo que sentimos, sino a disimularlo; no nos enseña a pedir ayuda, sino a endurecernos; no nos enseña a revisar la agresividad, sino a convertirla en carácter. Por eso estos temas nos dejan sin lenguaje. Y cuando falta lenguaje, aparecen dos salidas pobres: el silencio o la reacción defensiva.

La segunda razón es más incómoda: muchos varones sienten que hablar de femicidio es sentarse en el banquillo. Escuchan “violencia machista” y responden “yo no maté a nadie”. Ese reflejo es comprensible, pero políticamente insuficiente. Nadie serio está diciendo que todos los varones somos femicidas. Lo que se dice es algo más preciso: que la violencia extrema se apoya en una cultura previa de desigualdad, control, burla, deshumanización y permiso. Ahí sí entramos muchos más. No por asesinos, sino por testigos. Por los chistes que dejamos pasar. Por el amigo controlador al que no confrontamos. Por el compañero que acosa y al que se le festeja la “picardía”. Por la frase “algo habrá hecho”. Por la sospecha automática sobre la víctima. Por esa prudencia selectiva que casi siempre protege al varón señalado antes que a la mujer en riesgo.

La tercera razón es el pacto de pertenencia entre varones. Rita Segato lo trabaja con una imagen muy potente: el mandato de masculinidad no solo organiza la dominación sobre las mujeres; también disciplina a los propios varones dentro de una “fratría” o corporación masculina. En sus textos sobre pedagogías de la crueldad, Segato sostiene que hay una violencia intra-género que obliga a los hombres a curvarse ante ese pacto y sus jerarquías.  Esto es decisivo: muchos varones no callan porque estén de acuerdo con la violencia, sino porque temen perder reconocimiento masculino. Temen quedar como “pollerudos”, “exagerados”, “moralistas”, “feministas”, “blandos”. El miedo al ridículo opera como policía interna.

La cuarta razón es que el feminismo nos exige perder privilegios concretos, no solo cambiar opiniones. Acompañar de verdad no es decir “qué horror” cuando aparece una Agostina. Es aceptar que habrá que revisar la distribución del poder en la casa, en el sindicato, en el trabajo, en la militancia, en la noche, en la justicia, en la conversación cotidiana. ONU Mujeres plantea expresamente que la prevención requiere investigaciones sobre actitudes y comportamientos de hombres y niños, movilización comunitaria, educación y reformas normativas. El punto es que la igualdad no se agota en declarar adhesión: reorganiza espacios, tiempos, autoridad, palabra y credibilidad. Y ahí empieza la resistencia.

La quinta razón es que muchos varones no sabemos dónde ubicarnos sin ocupar el centro. Cuando acompañamos, a veces queremos conducir. Cuando escuchamos, queremos explicar. Cuando una mujer denuncia, queremos dictaminar si le creemos o no. Cuando hay marcha, preguntamos cuál sería “nuestro lugar”, como si el protagonismo perdido fuera una forma de exclusión. Acompañar con madurez implica algo difícil: estar presentes sin apropiarse de la causa; intervenir entre varones sin esperar aplauso; apoyar reclamos de mujeres sin exigir que nos tranquilicen o nos absuelvan.

La sexta razón es política: hay una reacción organizada contra la agenda de género. En Argentina, el debate público reciente se volvió más hostil hacia las políticas de género, con discursos que cuestionan incluso la figura de femicidio y programas estatales específicos. Esa reacción produce una coartada para muchos varones: ya no hace falta decir “me molesta el feminismo”; alcanza con decir “están exagerando”, “es ideología”, “también matan hombres”, “la ley debe ser igual para todos”. Algunas de esas frases parecen razonables en abstracto, pero usadas frente a un femicidio funcionan como una maniobra de escape: desplazan la conversación desde la víctima y el patrón de violencia hacia la incomodidad del varón interpelado.

Y hay una séptima razón, quizás la más brutal: el femicidio nos muestra una continuidad que preferimos negar. Queremos creer que entre “nosotros” y “el monstruo” hay una frontera absoluta. Y claro que hay diferencias morales enormes entre un hombre que acompaña, uno que calla, uno que acosa, uno que golpea y uno que mata. Pero la cultura no funciona solo por saltos; funciona también por degradaciones sucesivas. La dominación masculina, como decía Bourdieu, opera muchas veces como violencia simbólica: invisible, cotidiana, incorporada en instituciones, hábitos y percepciones que parecen naturales. El femicidio es el extremo penal. Pero antes hubo una pedagogía social del dominio.

Entonces, ¿qué deberíamos hacer los varones?

Primero, dejar de hablar solo cuando hay muerte. Si hablamos únicamente ante el cadáver, llegamos tarde. Hay que hablar antes: cuando un amigo controla el teléfono de su pareja; cuando alguien sexualiza a una adolescente; cuando se ridiculiza a una compañera; cuando una mujer cuenta miedo y el grupo responde con sospecha; cuando un dirigente usa el poder para condicionar, humillar o acosar.

Segundo, romper la conversación cómoda entre varones. La intervención más importante no siempre es pública. A veces es decir en una mesa: “eso no da”, “no la nombres así”, “eso es acoso”, “si está denunciado, no lo cubramos”, “si tiene miedo, escuchemos primero”. Esa frase corta, dicha a tiempo, tiene más valor político que un comunicado solemne después de una tragedia.

Tercero, organizar espacios de varones sin convertirlos en terapia de autoindulgencia. Trabajar masculinidades no puede ser un lavadero de culpas. Tiene que servir para cambiar conductas, revisar pactos, producir protocolos, intervenir sobre violencias, acompañar políticas de cuidado, formar delegados, detectar riesgos y construir sanciones sociales. El Estado argentino, en materiales previos sobre “masculinidades sin violencias”, sostuvo que las políticas públicas con enfoque de masculinidades deben promover la participación activa de varones en la igualdad, la erradicación de la violencia, la salud y la corresponsabilidad doméstica.

Cuarto, acompañar el reclamo de las mujeres sin exigir pureza, pedagogía permanente ni amabilidad. Cuando una comunidad está enterrando niñas y mujeres, no corresponde pedirle que explique todo con tono moderado para que los varones no nos sintamos atacados. La empatía política empieza cuando uno soporta la incomodidad sin transformarla en objeción.

Quinto, llevar este tema a los lugares donde los varones tenemos poder real: sindicatos, clubes, lugares de trabajo, organizaciones políticas, universidades, cooperativas, asambleas, estudios jurídicos, empresas, grupos de WhatsApp. El feminismo ya hizo una parte enorme: nombró el problema, produjo lenguaje, puso el cuerpo, marchó, investigó, acompañó víctimas. Lo que falta no es que las mujeres expliquen mejor. Falta que los varones dejemos de administrar nuestra distancia.

Mi impresión es esta: no protestamos más porque todavía vivimos el femicidio como una tragedia ajena y no como una responsabilidad propia. No propia en el sentido penal —salvo el autor y sus eventuales cómplices—, sino propia en el sentido histórico: somos parte del grupo social que produce, tolera, minimiza o puede desactivar muchas de las condiciones previas de esa violencia.

La pregunta honesta no es “¿por qué las mujeres reclaman tanto?”. La pregunta honesta es otra: ¿qué clase de vínculo entre varones estamos defendiendo cuando callamos? Porque si la pertenencia masculina exige silencio ante una niña asesinada, entonces no es pertenencia: es obediencia. Y quizás la primera forma adulta de masculinidad sea justamente esa: desobedecer el pacto que nos pide mirar para otro lado.

Saludos.

Anexo bibliográfico y fuentes consultadas

Fuentes periodísticas sobre el caso Agostina Vega

El País. (2026, 1 de junio). El feminicidio de una adolescente sacude Argentina días antes de la marcha Ni Una Menos. El País.

Página/12. (2026, 1 de junio). Claudio Barrelier quedó imputado por femicidio. Página/12.

Fuentes normativas

Argentina. Código Penal de la Nación. Artículo 80, inciso 11, incorporado por Ley 26.791, sobre homicidio agravado por femicidio: muerte de una mujer perpetrada por un hombre mediando violencia de género.

Fuentes institucionales

Organización Mundial de la Salud. (2021). Violencia contra la mujer. Nota descriptiva. OMS.

Organización Panamericana de la Salud. (2025). RESPETO a las mujeres: prevención de la violencia contra las mujeres. 2.ª edición. OPS/OMS.

ONU Mujeres. (s. f.). Enfoque en la prevención: poner fin a la violencia contra las mujeres. ONU Mujeres.

Gobierno de la República Argentina. (2023). Masculinidades sin violencias. Ministerio de Cultura y Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad.

ONU Mujeres México. (2025). Toolkit para círculos de masculinidades positivas. ONU Mujeres / HeForShe.

Fuentes teóricas

Bourdieu, Pierre. (2000). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.

Segato, Rita Laura. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo Libros.

Segato, Rita Laura. (2019). Pedagogías de la crueldad: el mandato de la masculinidad. Revista de la Universidad de México, núm. 9, pp. 27-31.


 


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