Lo digo con conocimiento de causa, con pruebas documentadas, con varias libretas llenas de anotaciones que no valen la tinta con la que fueron escritas. Porque el viaje, a menos que se sufra, no tiene historia. Y si se sufre, tampoco es una historia: es una queja. Quejarse no es contar. O eso creía hasta ahora.
Los únicos episodios memorables de mis viajes son catástrofes menores: perder un vuelo, un pasaporte, un abrigo, una medicación, un poco la dignidad. O una combinación de todo eso. Eventos perfectamente evitables, pero que mi torpeza y el avance inexorable de los miedos —que con la edad ya no se camuflan como precaución, sino que se presentan con nombre y apellido— convierten en rutina.
El viaje comienza, como siempre, en un asiento de avión. Clase económica. Última fila. Al lado del baño. Con respaldo fijo. Reclinable solo hacia adelante, por castigo. Las rodillas pegadas al asiento de adelante, que por supuesto sí se reclina. Intento dormir, intento leer, intento no pensar. Termino haciendo todo al mismo tiempo. Miro películas. En alemán. El catálogo es un campo de batalla. Finalmente, algo en español: Harrison Ford, Cary Grant… No sé si están en la misma película o en dos diferentes. Recuerdo que en una parte lloré. O fue en ambas. No importa. Nadie sube a un avión para ver buen cine. Subís para sobrevivir.
A mi lado, un bebé llora. No llora: ejecuta. Una obra de desesperación pura, sin filtros, en cinco actos. Detrás, dos amigas argentinas hacen lo mismo pero con palabras. Se cuentan la historia de su vida, otra vez. No exagero: otra vez. Mismos personajes, mismos conflictos, mismas inflexiones. El loop eterno de la charla reciclada. Debería haber tomado nota. Las buenas historias están siempre al lado.
Luego, el desfile aéreo de platos de plástico. El “¿pasta o carne?” de cada vuelo. Opto por la pasta, sin entusiasmo. La “carne” me da miedo: puede ser de res, de ave, de algo cuya extinción se encuentra prohibido por algún país. Veganos del mundo, aquí tienen una victoria sin lucha. Le sumo una copa de vino tinto, un vaso de agua, y una serie de decisiones gastronómicas que hacen imposible dormir. Pero igual me esfuerzo, porque es lo que uno hace en los aviones: forzar lo imposible.
Aterrizo en Frankfurt. Y ahí empieza otro viaje. El interno. El que no aparece en los mapas. Frankfurt es un aeropuerto disfrazado de laberinto. Desde la puerta de llegada hasta la conexión internacional hay, literalmente, 3.200 pasos. Lo sé porque los conté. Mi reloj me lo confirmó, con un entusiasmo absurdo. Migraciones, control de equipaje, aduana, duty free: una secuencia diseñada por alguien que odia a los viajeros. El duty free parece una trampa: perfumes, chocolates, pasillos con paredes de espejos. Uno intenta avanzar y termina girando en círculos como en un sueño raro.
Pido ayuda. Me la da una empleada alemana, amable pero confundida. Me señala una dirección que no existe. Sigo la letra A durante 2.800 pasos. Luego, desaparece. Fin de la pista. Miro alrededor como si alguien me estuviera filmando. Nadie. Solo yo y mi valija.
Finalmente, aparece la puerta. Llego sin aire, sin paciencia, sin dignidad.
Y entonces, Ginebra.
Ginebra, en contraste, parece el aeropuerto de una ciudad del interior. Argentina, digo. ¿Córdoba? ¿Rosario? ¿Mendoza? Nunca fui a Mendoza, pero me la imagino así: limpia, prolija, con una elegancia que no presume. Desde el aire, todo parece pintado a mano: parcelas, casas, jardines. Nada está fuera de lugar. Todo parece respetar una coreografía silenciosa.
Del aeropuerto voy directo al tren. Directo significa que uno camina como si fuera a salir de un aeropuerto internación al le aparece una estación de tren, una terminal techada. Subo con un ticket para usar el transporte público, gratis, durante mi estadía, regalo del gobierno local. No hay que pedirlo, no hay que justificarlo. Simplemente te lo dan, como si confiaran en vos. Eso, para alguien que vive en países donde la desconfianza es un protocolo de Estado, ya es ciencia ficción.
Salgo del aeropuerto. Subo al tren. Siete minutos más tarde estoy en la estación Cornavin. Breve trayecto. Casi ceremonial. Las ventanas muestran una ciudad como dibujada por alguien con TOC. Me bajo, cruzo la calle, busco la rue de Montbrillant. Me equivoco: me meto en la place de Montbrillant. Hay un parque, chicos, árboles, madres que hablan en francés bajito. Yo busco un hotel. Retrocedo. Me doy cuenta del error. Y ahí está: el hotel. El que mi hija mayor me reservó con una eficacia que admiro en silencio.
Subo. Piso cuarto. Ascensor lento, como si pensara cada piso antes de decidir subir. Pasillo mudo. Alfombra que amortigua los pasos. Y en la pared, un cuadro de Maradona. De espaldas. Camiseta 10. La Selección. Un gesto mínimo, inexplicable, y profundamente conmovedor.
Abro la ventana de la habitación. Miro hacia la estación. Y como dirían los hermanos Ábalos: casas más, casas menos. Es igual a Constitución.
Escucho el sonido de un domingo por la tarde. La estación se lenna de empleados volviendo, de estudiantes regresando. Hay algo reconocible ahí. tren que parte. Me digo, sin apuro, casi en voz alta:
el trabajo de hoy ya está hecho.
Mañana, me toca lo más difícil: comienza la “reunión de expertos para discutir y adoptar directrices de política sobre la promoción del trabajo decente en la industria del reciclaje” en la Organización Internacional del Trabajo.hacerme pasar por un experto en una reunión de aquellos que si lo son.

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