domingo, 29 de junio de 2025

RUMBO A LA CORTE INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS.

 Me gustan todos los países de América Latina. Me gusta este continente, con sus dolores y contradicciones, con su historia cargada de desigualdad, pero también de dignidad. Cada país tiene algo que lo hace entrañable. En este caso, me gusta Costa Rica. Me gusta pensar en un país verde, no sólo por su naturaleza, sino por sus políticas. Me gusta que no tenga ejército, que su gente sea amable, que la aspiración de justicia tenga aquí una sede: la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Esa Corte, con sus sentencias y opiniones, ha sido uno de los espacios donde lo mejor de nuestra tradición jurídica —lo más noble, lo más justo— ha logrado afirmarse incluso en los contextos más adversos. Me gusta que esté en Costa Rica, y me gusta llegar a este país para acompañar un momento histórico.


Este 3 de julio, la Corte leerá públicamente su Opinión Consultiva sobre las obligaciones de los Estados frente a la emergencia climática y hemos sido invitados a estar presentes en la lectura pública, en nuestra condición de presentantes de un amicus,



la CIDH darâ una respuesta al pedido de los gobiernos de Chile y Colombia, y constituye la primera vez que un tribunal internacional se pronunciará de manera sistemática sobre el rol de los derechos humanos ante la crisis climática. No es un mero trámite y es más que  un gesto simbólico: es un esfuerzo por establecer estándares claros sobre lo que los Estados deben hacer para preservar el equilibrio ecológico, y por ende, las condiciones mínimas de vida digna en el planeta para todos sus seres vivos, para el presente y para el mañana.


La Corte Interamericana, al asumir este pedido, no sólo responde a una inquietud jurídica de alto nivel, sino que interviene en uno de los debates más urgentes de nuestro tiempo. ¿Qué deben hacer los Estados para enfrentar el colapso climático? ¿Qué límites impone el derecho cuando la inacción amenaza la existencia misma? 


Esta Opinión Consultiva, que tendrá carácter orientador pero un peso jurídico indiscutible, buscará fijar estándares que encaucen las políticas públicas y refuercen las exigencias ciudadanas.


Nuestra presencia en esta instancia no es casual. Desde el frente sindical de acción climática  decidimos participar a través de una figura legal conocida como amicus curiae, literalmente “amigo del tribunal”. Se trata de una herramienta mediante la cual actores que no son parte formal del proceso, pero las partes le reconocen incumbencia por su interés o conocimiento del tema,  pueden presentar argumentos que ayuden a la Corte a formar su opinión. Lo hicimos porque entendimos que en esta discusión, el mundo del trabajo no podía estar ausente. Que las transiciones climáticas justas requieren voz obrera, perspectiva social y  mirada de clase.


Tengo que agradecer el esfuerzo que hacen los compañeros y compañeras del FSAC para llevar adelante este proceso como lo han hecho con otros, y el apoyo de otras organizaciones que colaboran con nosotros. El déficit poquede recursos lo estamos compensando con duplicación de los esfuerzos y mucha solidaridad.

 sin embargo, no puedo evitar una cierta tristeza -que no es resignación, claro- Porque muchos de nuestros pares, en el campo del trabajo organizado, siguen atrapados en una lógica que separa lo ambiental de lo económico, como si fueran planos diferentes. Esa separación, que nos enseñaron a asumir como natural, es parte del problema. Porque si el sindicalismo afirma pelear por el poder y la justicia frente al sistema económico, tiene que entender que ese sistema construye su fuerza precisamente en el deterioro de la naturaleza. Que el saqueo ambiental no es una externalidad necesaria: es su modo de acumulación. Y por tanto, es también el terreno donde debe darse nuestra lucha.


Defender la naturaleza no es solo preservar paisajes: es disputar el modelo que los convierte en mercancía. Es oponerse a los mecanismos que precarizan la vida en todas sus formas. Es decir que no deberíamos aceptar políticas que administren las ruinas con la única promesa -muchas veces incumplidas- de evitar que caigan sobre nuestras cabezas, porque de seguir así, si no es sobre las nuestras, será sobre las de la generación siguiente.


Por eso agradezco a quienes ya han entendido que esta es una causa compartida. Y vuelvo a invitar, como un compañero más en el camino, sin solemnidad y con afecto, a quienes aún dudan o se mantienen al margen: cuando todo lo que parece “sólido” se disuelva —y no es una metáfora—, sólo quedará el compromiso con lo que sostiene la vida. Y allí, como siempre, el sindicalismo debe estar.


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