martes, 22 de abril de 2025

Una carta a la Tierra: el Papa que habló con el mundo

Escribí estas líneas con el corazón apretado y la cabeza llena de ideas. Hoy, 22 de abril, Día Internacional de la Tierra, nos llega la noticia de la muerte del Papa Francisco. La coincidencia no es menor. Francisco no fue un Papa cualquiera. Fue una de las pocas voces globales que se atrevió a decir lo que muchos prefieren callar: que este modelo nos está llevando al desastre, que nadie se salva solo, y que la ecología sin justicia social no existe.
Este texto no es una elegía religiosa. Es un intento de poner en palabras lo que su figura representó para muchos de nosotros: una esperanza lúcida, una ética del cuidado, una política del amor al prójimo y al planeta.




Este 22 de abril, Día Internacional de la Tierra, el calendario nos propone una coincidencia que conmueve. La muerte del Papa Francisco —el primero que eligió su nombre en honor a Francisco de Asís, el santo que habló con los animales y abrazó la pobreza como camino— ocurre justo en la jornada en que el mundo detiene su marcha para pensar el futuro del planeta. No es un hecho menor. Es casi un mensaje. Una señal que interpela a creyentes y no creyentes por igual.

Francisco no fue un pontífice convencional. Hijo de inmigrantes italianos, nacido en Buenos Aires, su voz vino desde el margen del poder, desde el sur global, y logró colarse en las discusiones más urgentes del siglo XXI. Fue, quizá, uno de los últimos líderes morales con alcance universal. Un hombre que entendió el lenguaje de la época: habló de ecología, de justicia social, de migraciones, de fraternidad en tiempos de odio, de un sistema que descarta vidas humanas como si fueran basura.

En nombre de los que nunca son nombrados, lanzó dos cartas abiertas que definieron su papado y trascendieron las fronteras de la Iglesia: Laudato si’ (2015) y Fratelli tutti (2020). Estas encíclicas no fueron textos pensados solo para creyentes: fueron faros para una humanidad desorientada, atravesada por la crisis climática, la desigualdad obscena, la cultura del descarte y la polarización permanente. En ellas no propuso dogmas, sino puentes. No sentencias, sino caminos. Su mensaje fue claro: sin justicia social no hay ecología posible, y sin fraternidad no hay futuro.

 

En defensa de la casa común


Laudato si’ fue, y sigue siendo, una pieza fundamental del pensamiento ecológico contemporáneo. No es un texto religioso en el sentido tradicional: es un documento político, ético y profundamente humano. En él, el Papa Francisco denunció con una contundencia inusual lo que muchos gobiernos, empresas y medios aún se resisten a admitir: el modelo económico dominante —basado en el extractivismo, la explotación ilimitada y la lógica del descarte— destruye la naturaleza y precariza la vida. No lo dijo con eufemismos. Lo dijo como lo dicen los pueblos que ven secarse sus ríos, colapsar sus cosechas, morir su fauna, ser desplazados por la minería o los monocultivos. Como lo gritan las comunidades que sufren inundaciones, incendios, enfermedades evitables. Como lo sienten quienes, desde abajo, viven en carne propia la crisis ecológica que otros debaten desde oficinas climatizadas.

“Todo está conectado”, repetía Francisco, y con eso derrumbaba de un solo golpe la falsa dicotomía entre lo ambiental y lo social. No hay lucha por el clima sin justicia social. No hay transición ecológica si se hace a espaldas de los trabajadores, si no incluye a las comunidades, si no transforma el sistema y sus reglas. No hay solución tecnológica que pueda reemplazar la dignidad del trabajo humano ni la sabiduría de quienes cuidan la tierra con sus manos. Tampoco hay futuro si los costos del “cambio verde” los pagan siempre los mismos: los pobres, los del sur, los invisibles.

En Laudato si’ está también una crítica profunda —y por momentos feroz— a la cultura del descarte. Una cultura que no solo desecha objetos cuando pierden su utilidad, sino que trata a las personas como si fueran descartables. Los pobres, los ancianos, los migrantes, los trabajadores precarios —y podríamos agregar a los defensores ambientales, perseguidos y asesinados en muchas regiones del mundo— son víctimas sistemáticas de un sistema que mide el valor en términos de rentabilidad, no de dignidad. Un sistema que sacrifica vidas humanas en nombre del crecimiento económico, y que llama “progreso” a lo que en realidad es una forma sofisticada de destrucción.

 

Una fraternidad que atraviese las fronteras


Cinco años después de Laudato si’, en plena pandemia, el Papa publicó Fratelli tutti. Si la primera encíclica fue un grito por la Tierra, esta segunda fue un llamado urgente a reconstruir los lazos humanos en un mundo quebrado. La humanidad, decía Francisco, está herida. Por la desigualdad, por el aislamiento, por la desconfianza que se instaló como norma. Frente al cinismo, al individualismo feroz, al “sálvese quien pueda” globalizado, él propuso algo tan revolucionario como simple: reconocernos como hermanos. Como parte de una misma familia humana, más allá de credos, fronteras o ideologías.

Fratelli tutti es una encíclica sobre la política, pero no sobre partidos. Es una propuesta ética, una visión de la política como acto de servicio y no como herramienta de acumulación. Un manifiesto que invita a repensar nuestras instituciones, nuestras economías, nuestras formas de convivencia. En sus páginas hay críticas concretas y sin vueltas: a los populismos que manipulan los miedos del pueblo, a los neoliberalismos que naturalizan la exclusión, a los discursos de odio que alimentan violencia, a los muros que separan cuerpos y alimentan fantasmas. Pero también hay lugar para otra palabra olvidada: ternura. Se habla de ternura como forma de resistencia, de diálogo como herramienta de transformación, de encuentros que sanan más que mil decretos.

Francisco no esquivó los conflictos. Al contrario: los miró de frente. Habló de las guerras, de los migrantes, del racismo estructural, de la pobreza que no es accidente sino resultado de decisiones. Y pidió que nadie quede afuera de las decisiones que afectan su vida. Que los trabajadores, las mujeres, los pueblos originarios, los jóvenes, tengan voz, tengan silla, tengan poder. Que los movimientos populares, los sindicatos, las organizaciones comunitarias, sean actores reales en la construcción de otro modelo de sociedad. Que el futuro no sea una imposición de los de siempre, sino una creación colectiva con justicia, dignidad y esperanza.


 

La muerte de Francisco y el legado que queda


Hoy, al recordar a Francisco en el Día de la Tierra, es imposible no verlo como lo que fue: un profeta de nuestro tiempo. No en el sentido místico, sino en el más político y humano del término. Un hombre que incomodó a los poderosos, que habló de límites cuando todo el mundo celebraba el exceso, que denunció el mito del crecimiento infinito en un planeta finito. Uno que eligió ponerse del lado de los descartados, no de los dueños del sistema. Que propuso una ecología con rostro humano, y una fraternidad con memoria histórica: una que no olvida a las víctimas, que no borra las luchas, que no iguala al opresor con el oprimido.

El mundo llora su partida, pero su palabra sigue viva. No quedó encerrada en los muros del Vaticano ni archivada como un documento más. Sigue latiendo en quienes pelean por aire limpio, por agua segura, por bosques en pie, por condiciones de trabajo dignas, por territorios libres de saqueo. Sigue en quienes creen que otra economía es posible —una que ponga la vida en el centro— y que la justicia ambiental no es un lujo de países ricos, sino un derecho que debe ser garantizado para todos, en todas partes.

Este 22 de abril no será solo un día para plantar árboles. Será también un día para plantar ideas. Ideas fuertes, incómodas, necesarias. Ideas como las que Francisco sembró con coraje, a contracorriente: que la Tierra es nuestra casa común, no una mercancía. Que nadie se salva solo, ni los individuos, ni los países. Que estamos al borde de un colapso, pero que todavía hay tiempo de cambiar el rumbo si tenemos la valentía de imaginar otro mundo, y de construirlo juntos, desde abajo, con justicia, con ternura y con memoria.


 

Referencias

Francisco. (2015). Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común. Vaticano.

Francisco. (2020). Fratelli tutti: Sobre la fraternidad y la amistad social. Vaticano.



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