miércoles, 7 de mayo de 2025

Día 2: O sea, 6 de mayo. O sea, ayer. o anteayer. el tiempo vuela.



Segundo día de trabajo en la reunión de expertos para elaborar directrices sobre el trabajo decente en el sector del reciclaje.

Volvemos a la reunión de coordinación con el equipo completo. Hacemos un repaso de nuestras enmiendas desde el punto 2.10 hasta el 2.45. Es un gran avance, considerando el escaso tiempo de trabajo y las diferencias de interpretación.

Hago aquí un alto. El método de trabajo en la OIT tiene un sesgo conservador preocupante: ubicado el problema, se buscan soluciones previas y se las repite. Si no hubo solución, se buscan fórmulas que hayan dado resultados "satisfactorios" antes, y también se repiten. Y si no hubo ni solución ni resultado, pero al menos hay una fórmula, también se repite. El problema es que, frente a desafíos nuevos como el cambio climático, los riesgos biológicos o la economía circular, se siguen aplicando fórmulas viejas que no tienen nada para ofrecer. Cuando hay que mirar al pasado, debería al menos mirarse la sustancia más que la forma.

Claro, las herramientas básicas siguen siendo útiles, pero mereceríamos un poco de audacia. Un convenio internacional ayuda a mantener la coherencia del sistema, una recomendación también orienta, pero una directriz…

Una directriz es una regla que no se animó a ser regla. Un "consejo con poder" que te sugiere cómo hacer algo sin sanción directa. Como cuando tu jefe dice: "Preferimos que los correos se manden antes de las 10 a.m.". No es obligatorio, hasta que lo haces mal.

En resumen: una directriz es una instrucción general para actuar o decidir, sin ser una orden estricta. Sirve para mantener cierta coherencia general, pero deja margen para que cada quien arruine las cosas a su manera.

Una directriz de la OIT es eso: una recomendación formal para orientar a los países en la aplicación de principios laborales decentes. No es vinculante, pero tampoco es inocua. Ignorarla no te lleva a juicio, pero sí al rincón de los incivilizados.

En ese marco, aparece una pequeña ventana para la audacia. Las directrices están basadas en normas y buenas prácticas, pero cuando ninguna de las dos alcanza, ¿qué queda?

Ahí entramos en la zona gris del caos regulatorio. Donde ni las normas obligan ni las buenas prácticas resuelven. Es el fascinante mundo de la ambigüedad institucional elegante.

Cuando todo falla, queda la audacia. Pero con traje. Innovar, hacer pilotos, crear políticas locales inspiradas vagamente en documentos internacionales. Todo envuelto en lenguaje institucional para que suene a estrategia y no a improvisación.

Quedan también los principios. A veces, el camino se retoma desde los principios. La OIT tiene una Constitución y una Declaración de Principios. Incluso sin una norma específica, se puede volver al "espíritu" de la Declaración de Filadelfia, a los derechos fundamentales.

Y, a veces, no queda nada. Solo el vacío. El limbo normativo. Todos saben que hay un problema, pero no hay herramientas. Solo se produce un informe. Con gráficos. En colores.

Sí, hay una ventana para la audacia. Pero si la abrís demasiado, puede que se cuele la responsabilidad.

Volviendo al tema (aunque hay muchos): "reciclaje" admite múltiples sentidos, al igual que "economía circular". Esa ambigüedad, combinada con el sesgo conservador del método de trabajo, es el terreno fértil donde los empleadores se aferran para impedir cualquier cambio real.

Ayer comenté que la Sección 1 del documento debía fijar la ambición de las directrices. Podría haber salido peor. Aún hay corchetes que resolver, así que mantengo la esperanza.

La Sección 2 se refiere a la empresa, aunque no lo diga explícitamente. Y aquí debo volver a mirar la Declaración del Centenario, un texto que prometía y terminó defraudando. Fue la presentación en sociedad de la empresa como sujeto histórico del derecho laboral: la versión 2.0 del empleador.

La irrupción de la empresa como sujeto orgánico del derecho del trabajo no es casual ni inocente. Es parte de un giro discursivo más amplio, donde la figura del empleador tradicional —esa persona jurídica o física identificable, con responsabilidades concretas— se transforma en un ente abstracto, polifacético, casi neutro: "la empresa". Esta entidad no solo produce, invierte o contrata. Ahora también piensa, siente, planifica. Se le otorgan atributos que, en realidad, corresponden a las personas que la componen. Esta transfiguración tiene un efecto jurídico y político clave: borra al empleador como sujeto de poder en la relación laboral.

En este modelo, la empresa deja de ser un escenario donde se desarrolla una relación jurídica entre partes desiguales, para convertirse en un cuerpo vivo del que todos —empleadores, trabajadores, proveedores, incluso el Estado— serían partes funcionales. Se genera así una organicidad engañosa, donde el trabajador ya no es un sujeto que negocia derechos, sino una célula más del organismo empresarial. En este relato, el conflicto desaparece por arte de magia. La subordinación desaparece. Y con ella, la posibilidad de lucha o de resistencia. Todo se subsume bajo la noción de sostenibilidad, entendida como continuidad del negocio.

Esta reconversión discursiva convierte a la empresa en el nuevo sujeto de derechos colectivos. Y en esa lógica, el trabajador deja de tener centralidad no porque se le niegue el derecho, sino porque se le disuelve simbólicamente dentro del todo empresarial. Es una estrategia sofisticada de neutralización política.

Segundo día: el empleador nos arrastra al barro que más le gusta. Finge no entender nuestras propuestas. Finge no conocer sus fundamentos normativos. Y reorienta la discusión hacia la empresa sostenible. Su hipótesis: solo habrá trabajo decente si hay empresas sostenibles. Pero entiende "sostenible" exclusivamente en términos económicos, como "capaz de sostener sus ganancias".

Así, el trabajo decente se subordina a la eficiencia económica, y el resto de sus dimensiones queda postergado para otra vida. En este modelo, se instala la lógica de que el esfuerzo debe centrarse en hacer sostenible a la empresa, convirtiéndola en el sujeto histórico de la transformación. Aparece un principio jurídico implícito: in dubio pro empresa.

No sorprendió que los empleadores se enojaran por un párrafo que proponía una mirada centrada en el trabajador. Ni siquiera aceptaron cambiarlo por "centrado en la persona humana". Se opusieron a toda centralidad que no sea la de la empresa.

Este desplazamiento es ideológicamente potente. Se diluye la figura del empleador y se encumbra a "la empresa" como sujeto. Se absorbe al trabajador dentro de la empresa, no como parte de una relación jurídica, sino como un componente orgánico de una trayectoria común. Así se disuelve la subjetividad y el conflicto, y se presenta a la empresa sostenible como única construcción deseable.

Esta reconversión ideológica borra la relación laboral como la entendíamos desde el iuslaboralismo clásico, y transforma al trabajador en un "emprendedor" más. Es el fin del sujeto obrero como lo conocíamos.

Vuelvo a la reunión. El empleador no quiere la centralidad del trabajador. Alega que no está en los documentos de la OIT —aunque sí lo está. Su método es la obsesión literal: solo acepta normas o acuerdos estrictamente tripartitos. Ofrece a cambio el mínimo de derechos fundamentales.

No distingue entre la recuperación como etapa de la GIRSU y la segregación como trabajo dentro de ella. Pide explicaciones de todo, y sus preguntas siempre son dos:

1. ¿Qué es eso que están pidiendo?

2. ¿Por qué lo están pidiendo?

Y luego, si existe un antecedente normativo, responde: “Entonces no lo pidan, ya existe.” Si no existe, responde: “La OIT no puede dar lo que no tiene.”

Cuando se le dice que esto es una directriz, una guía, una orientación… aparece el Donald Trump interior del empleador. Se vuelven más defensores de la soberanía nacional que la ultraderecha europea. Excepto cuando se habla de cadenas globales de suministro. Porque, como todos sabemos menos ellos, esas cadenas no existen. Son un invento para asustar niños.

Nuestro segundo día termina con una advertencia de la Presidenta de la reunión: con este ritmo y este nivel de discusión no vamos a poder terminar el documento. Vamos a dejar mucho trabajo pendiente. Esta es una oportunidad histórica que estamos desaprovechando. Estamos dejando pasar una herramienta que podría ampliar derechos para sectores muy necesitados.

Nos vamos cansados, sí. Pero también más conscientes, con el GPS recalculado y listos para el tercer día. Un día en el que, como sector sindical, tendremos que explicar para qué vinimos, qué queremos decir y qué exigimos.


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