Otra reunión. Otro aeropuerto. Otra sala con micrófonos minúsculos y sin siquiera el consuelo de un café imbebible. Pero esta vez no es una reunión más, donde sacas la taza que te mandaste a hacer con la frase “perdido en una reunión que podría haber sido un email” No. Es Ginebra. Es la OIT. Es, por primera vez en más de un siglo, un intento de redactar directrices sobre trabajo decente en el reciclaje. Y aunque suene a tecnicismo, a jerga de funcionario gris, es —o podría ser— algo más que eso.
Nos han convocado para hablar de los precarizados estructurales de nuestras ciudades, a los que llaman recicladores como si fuera el título de una serie de Netflix, Un recorrido benévolo por las víctimas del naufragio del “Titanic” capitalista. No para ofrecerles un bote, ni siquiera un salvavidas, sino una tabla de madera un poco más ancha, ligeramente menos mojada. Porque hay crisis, sí —siempre—, pero también hay oportunidad. O eso queremos creer.
Y es también el momento de hablar de quienes ni siquiera han notado que el barco se ha hundido. Porque hablar de reciclaje no es hablar de basura. Es hablar del mundo como objeto de uso. De cómo lo usamos, lo agotamos, lo desechamos. Y, por supuesto, de cómo también nos desechamos a nosotros mismos: trabajadores descartados, territorios abandonados, formas de vida convertidas en ruinas.
La OIT nació en 1919, antes que la ONU, como una anomalía esperanzada en medio del desastre. Un intento de civilizar el trabajo tras la Gran Guerra. Un gesto de cordura en un continente desangrado. Una voz clara tratando de poner al trabajo de las personas el calificativo de “humano” una organización que se hizo dueña de la bandera de la justicia social y de alguna de las frase màs luminosas para cualquier laboralista “la paz permanente solo puede basarse en la justicia social” y ahí nomas, para que no quedaran dudas decir:
“todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo o sexo tienen derecho a perseguir su bienestar material y su desarrollo espiritual en condiciones de libertad y dignidad, de seguridad económica y en igualdad de oportunidades;”
Pero claro, quizás el documento haya quedado algo viejo, o quizás las personas ya no lo necesiten, o sea el emprendedorismo el nuevo nombre del trabajo….
Y sin embargo, un siglo después, aquí estamos: hablando del trabajo más invisible de todos. El reciclaje. Aunque, para ser honestos, lo que llaman “reciclaje” en realidad es otra cosa. Es caminar calles, revolver bolsas, buscar entre lo que otros tiran —porque el sistema público no llega, porque fue desfinanciado por políticas que llamaron exitosas—. Nos dijeron que la iniciativa privada se haría cargo, pero no aclararon que hablaban de estos privados: los que pagan con su cuerpo lo que otros capitalizan en commodities químicos. Y así, una vez más, el sur —esta vez el sur urbano— cae en una lógica extractivista, sólo que ahora no del subsuelo sino del tacho.
De eso hablamos: de un trabajo que no se ve, que no se paga, ni en el mundo formal ni en sus márgenes. Un trabajo que, cuando aparece, es a través de imágenes borrosas: camiones, contenedores, una mujer doblada sobre una pila de cartones.
El borrador que nos convoca tiene cinco capítulos, cuarenta mil palabras y un arsenal de eufemismos. Uno pensaría que en un documento así, la precarización —ese dragón sin San Jorge— tendría al menos un párrafo digno. Pero no. Aparece una vez. Una. Y no como protagonista, sino como nota al pie. Como si incluso en el texto, los recicladores fueran carteles para esconder detrás de su drama los otros dramas, los de los trabajadores públicos y privados de la cadena de suministro, también invisibilizados, en una lucha de pobres contra otros aún más pobres que queremos ocultar.
¿Qué son estas directrices, entonces? Menos que un convenio. Menos incluso que una recomendación. No obligan, no sancionan. No tienen dientes. Pero a veces, incluso sin fuerza legal, hacen historia. Porque las palabras, si están bien escritas, pueden mover políticas. Pueden empujar decisiones. Pueden cambiar lo posible. A veces. Y si no van a implicar un compromiso, intentemos que sea una mejor promesa, volviendo a las raíces de la declaración de Filadelfia.
Este texto, sin embargo —este borrador cauteloso, con su prosa aséptica y su ambición contenida— parece diseñado para no incomodar a nadie. Tiene todo lo necesario para no quedar mal, y nada de lo imprescindible para hacer una diferencia. No habla del financiamiento de los servicios públicos. No menciona el valor económico de la ganancia ambiental. No se pregunta por qué dejamos que el sistema colapse. Como si la economía circular funcionara por combustión espontánea y no fuera, en realidad, una máquina que alguien tiene que encender, sostener, reparar.
Hay, además, tres temas que faltan. Primero, un marco legal que dé trazabilidad al proceso, que reconozca el valor ambiental de lo reciclado, que castigue la externalidad negativa del descarte crónico. Segundo, un análisis serio de toda la cadena del reciclaje: desde el ecodiseñador, que imagina productos con segunda vida, hasta los recicladores industriales que los transforman en algo útil. Entre medio, claro, están los gestores, los recuperadores, los invisibles. Y tercero, la cadena inversa: esa que empieza cuando arrojamos algo al tacho y termina —si todo va bien— en una nueva materia prima. Una cadena circular que, más que cerrar, suele marear a políticos y economistas por igual.
Lo dice el informe. O lo digo yo. Es lo mismo: la generación de residuos crece más rápido que el PIB. Es decir, somos más eficientes produciendo basura que riqueza. Una caricatura del capitalismo tardío. Consumimos más, tiramos más, y en el proceso generamos empleo… del peor. Precario. Fragmentado. Inseguro. Invisible.
¿Y qué hacemos con eso? ¿Lo ignoramos? ¿Lo maquillamos? ¿Lo disfrazamos de innovación verde?
No, gracias.
La única forma de hacer justicia —no sólo social, también ecológica— es mirar el problema de frente. Y eso empieza por reconocer a los trabajadores del reciclaje como lo que son: piezas clave de una economía que se dice circular, pero que muchas veces sigue girando en espiral descendente. Hay que darles nombre, rostro, salario, derechos. No por caridad. Por justicia.
Viajo con un cuaderno abierto. Siempre lo hago. Es mi manera de pensar. De defenderme del ruido. De no convertirme en burócrata. Y mientras hago la valija, pienso en todo lo que no está escrito. En lo que hay que decir. En lo que aún falta por pelear.
Esta semana será intensa. No cambiará el mundo. Pero quizás —si decimos lo que hay que decir, si escribimos lo que otros no se animan a leer, si dejamos constancia— quede una huella. Pequeña. Invisible. Pero una huella, al fin.
Así estoy yendo. Así me despido. Con esa esperanza que tanto me molesta y nunca me deja. Con la rabia habitual. Con la ilusión golpeada pero que a primera vista simula estar intacta. Y con esa pregunta que me sigue, como un eco testarudo: ¿qué hacemos con lo que tiramos cuando lo que tiramos es lo humano?


