jueves, 8 de mayo de 2025

DIA 4. LA CONTNUIDAD Y SUS FISURAS



El cuarto día de deliberaciones comenzó con un gesto simbólico cargado de significado político: nuestro  vice presidente obrero de la comisión James Towers, de UNITE UNION anunció que daría un paso al costado en la conducción del proceso sin abandonar el trabajo en común . Lo hizo invocando la necesidad de “mantener el flujo de trabajo”, pero sus palabras también dejaron entrever la fatiga acumulada en una negociación que exige tanto técnica como templanza. Su salida fue saludada con un aplauso breve, casi ceremonial, que marcó el fin de una etapa y el comienzo de otra. A partir de ese momento, la coordinación quedó en manos de Kan MATSUZAKI, de la secretaria general de IndustriALL, quien asumió la conducción con un llamado explícito al consenso unánime —un ideal que, como veríamos más adelante, seguiría siendo eso: un ideal.

El clima en la sala oscilaba entre la ansiedad acumulada y una forma particular de cansancio estructural, esa mezcla de urgencia y repetición que se respira en los procesos multilaterales prolongados. A esta altura, las delegaciones sabían que no estaban discutiendo solo palabras: estaban delineando contornos de sentido, decidiendo qué quedará nombrado y qué permanecerá en el margen, qué prácticas serán legitimadas y cuáles seguirán existiendo solo como notas al pie de la economía global.

Las discusiones retomaron desde la Sección 2 del borrador, centrada en empresas sostenibles y entidades de la economía social y solidaria. Una sección compleja, no solo por su densidad temática, sino porque expone de manera brutal las tensiones no resueltas entre modelos productivos, imaginarios del desarrollo y relaciones de poder. El reloj institucional presionaba para avanzar hacia la Sección 3, pero la realidad política nos mantenía atascados. Como señaló Alex, uno de los voceros sindicales: no se puede construir consenso corriendo sobre las líneas rojas. Hay que mirarlas, discutirlas, reconocer que existen.

Ese fue el telón de fondo del día: un documento que avanza entre zonas de acuerdo frágiles, donde cada adjetivo puede torcer el sentido y cada verbo es una disputa entre lo declarativo y lo operativo. Un documento que, aunque se presente como técnico, está atravesado por decisiones profundamente políticas: ¿qué se entiende por trabajo decente?, ¿quiénes son los sujetos reconocidos en la transición ecológica?, ¿qué tipo de economía se está imaginando cuando se habla de circularidad?

A lo largo de la jornada, se sucedieron los debates sobre capacitación, juventud, salario, formalización, transición justa y derechos laborales. A veces avanzamos con fluidez. Otras veces nos detuvimos durante horas a discutir la diferencia entre “equidad” e “igualdad”, o si era razonable pedir que las condiciones de trabajo mejoren en el sector informal sin que eso sea visto como una amenaza a la competitividad.

Pero si algo quedó claro en este cuarto día es que no hay neutralidad posible en este proceso. Cada coma refleja una correlación de fuerzas. Cada palabra aceptada o rechazada deja huella. No estamos escribiendo un texto: estamos dejando constancia de nuestras disputas, nuestros límites… y, en ocasiones, de nuestras pequeñas conquistas.

2. Empresas sostenibles y economía social y solidaria: el modelo en disputa

 

Volvimos a la Sección 2 con la sensación ambigua de estar discutiendo lo accesorio y, al mismo tiempo, lo esencial. Aunque formalmente seguíamos dentro del eje sobre empresas sostenibles y entidades de la economía social y solidaria (ESS), lo que estaba en juego era mucho más profundo: quién protagoniza la transición ecológica, bajo qué reglas, con qué legitimidad.

Alex —uno de los interlocutores más atentos al reloj político— recordó que estábamos lejos de los núcleos duros de la Sección 3, e instó a concentrarnos en las enmiendas ya presentadas y las líneas rojas que aún nos separaban. La propuesta sonaba razonable, pero rápidamente quedó claro que la discusión no se movería solo en el plano técnico. La mera mención a las entidades de la ESS como sujetos distintos de sindicatos o empresas abrió una serie de preguntas ontológicas: ¿son empleadores? ¿son otra cosa? ¿tienen una naturaleza jurídica híbrida que el documento no sabe cómo nombrar?

 

Estas preguntas no eran solo terminológicas. Señalaban un vacío conceptual: el marco actual no está preparado para reconocer a la ESS más allá de la tolerancia simbólica. Su inclusión real exigiría repensar las categorías tradicionales del derecho del trabajo, que sigue atrapado entre el binomio empresa–trabajador, como si no existieran otras formas organizativas ni otras racionalidades económicas.

En paralelo, se volvió a poner en discusión el concepto de “trabajo decente”. Ya habíamos acordado su formulación general, sin necesidad de adjetivarlo como “verde”. Sin embargo, la tensión persiste: ¿es posible pensar un trabajo verdaderamente decente que no esté alineado con criterios de sostenibilidad ambiental? ¿O estamos aceptando una disociación cómoda que facilita el consenso a costa de vaciar el concepto?

 

Más adelante, el debate sobre el enfoque humanocéntrico (reintroducido en el punto 2.6) reavivó la conexión con las tesis sobre el desarrollo de capacidades, el aprendizaje a lo largo de la vida y el lugar del trabajo como espacio de formación social. En ese contexto, surgió un nuevo concepto: seguridad y salud en el trabajo con formación medioambiental. Su aparición marcó una inflexión interesante: por fin se hablaba de sostenibilidad no solo en términos de eficiencia productiva, sino como condición para proteger la vida en el trabajo. Pero el lenguaje seguía siendo campo de disputa. Un “promover” podía ser reemplazado por un “alentar”, y con ello se desdibujaba la exigibilidad. Un “garantizar” convertido en “intentar” podía diluir una obligación en un gesto diplomático. La semántica como frontera del poder.

La sensación general era que estábamos avanzando, sí, pero sobre una coreografía frágil. No había consenso sobre el modelo. Las empresas pedían un entorno favorable a la competitividad. Nosotros —sindicatos, recicladores, actores de la ESS— insistíamos en que la sostenibilidad no se mide en balances, sino en condiciones materiales de existencia. No pedíamos ser reconocidos como un apéndice tolerado, sino como parte estructural de otra economía posible.

 

 

2.7 Juventud, empleo y economía circular: entre la promesa y la omisión

 

El punto 2.7 trajo consigo un desplazamiento del foco: ya no se discutía solo sobre estructuras empresariales o marcos institucionales, sino sobre el futuro generacional del trabajo en la transición ecológica. En teoría, estábamos ante uno de los temas más “fáciles” del documento: ¿quién podría oponerse a crear empleo para jóvenes? ¿Quién se atrevería a decir que no debemos pensar en políticas activas para garantizar su integración productiva?

 

Y sin embargo, la discusión reveló los límites de ese consenso superficial.

El texto de base hacía referencia a la necesidad de “crear empleo pleno y productivo para la juventud”, apoyándose en resoluciones previas como la Declaración del Centenario de la OIT o el Youth Employment Action Plan 2020–2030. Pero incluso ahí, la palabra “productivo” volvió a convertirse en campo de disputa. ¿Qué significa hoy productividad en el contexto de la economía circular? ¿Es el trabajo juvenil “productivo” solo si encaja en cadenas formales de valor o también si emerge desde prácticas comunitarias, territoriales, populares?

 

Los empleadores —no sin una cierta ironía histórica— apelaron a la Declaración Universal de Derechos Humanos para exigir a los Estados educación gratuita y universal, como si su compromiso con ese texto fuera tan firme como reciente. Al mismo tiempo, rechazaron cualquier mención que pudiera condicionar el acceso a oportunidades productivas al respeto por derechos laborales. La idea de que el empleo juvenil en reciclaje debería estar vinculado a condiciones dignas fue considerada “restrictiva”.

 

Desde nuestra posición sindical, subrayamos lo obvio: sin criterios mínimos de trabajo decente, las políticas de empleo para jóvenes corren el riesgo de convertirse en formalizaciones de la explotación. Rechazamos el fetichismo del empleo a cualquier precio. Y lo hicimos proponiendo medidas concretas, como la incorporación del potencial de generación de empleo en reciclaje dentro de las estrategias nacionales de empleo juvenil, adaptadas a cada contexto económico y laboral.

 

Los recicladores, por su parte, aportaron una propuesta valiosa y conceptualmente sólida: incluir la economía social y solidaria como una alternativa real para que los jóvenes desarrollen procesos productivos dentro de la cadena del reciclaje. No como salida de emergencia, sino como horizonte organizativo. No como “plan B”, sino como posibilidad fundante de otro modelo de trabajo, basado en la cooperación, la justicia social y la sustentabilidad.

 

La discusión sobre los salarios, que parecía un asunto cerrado, volvió a emerger con fuerza. Distinguimos entre salario vital (living wage) y salario decente (decent wage), dejando claro que no son sinónimos. El primero responde a las necesidades materiales mínimas de vida; el segundo, al conjunto de condiciones laborales dignas. 

 

Un salario puede ser “mínimo” sin ser vital, y puede ser “vital” sin estar enmarcado en un contexto laboral decente. Por eso insistimos en una lectura integral, que articule remuneración, derechos, condiciones y sostenibilidad.

 

Lo más tenso, sin embargo, fue lo no dicho: el riesgo de que la “inclusión juvenil” se convierta en retórica sin contenido, mientras se consolida una doble exclusión. Por un lado, la exclusión de los jóvenes de los marcos laborales formales. Por otro, la exclusión de nuevas formas de trabajo (como el reciclaje comunitario o cooperativo) de las políticas públicas de empleo.

 

Lo que quedó en evidencia es que hablar de juventud y circularidad sin hablar de redistribución, derechos y poder es, en el mejor de los casos, una declaración bienintencionada. Y en el peor, una forma elegante de precarizar lo que debería transformarse.

 

2.8 Formalización: de la declaración a la disputa material

 

La discusión sobre la formalización, abordada en el punto 2.8, se presentó como un momento de relativa convergencia. En apariencia, todos los actores reconocían la necesidad de “llevar actividades de la economía informal a la economía formal”. Lo decía el texto. Lo repetían los gobiernos. Lo aceptaban incluso los empleadores. Pero como ocurre tantas veces en estos procesos, la convergencia terminológica no garantiza convergencia política.

 

La propuesta de los gobiernos para insertar un nuevo párrafo aclaratorio fue inicialmente aceptada:

 

“Bringing activities from the informal to the formal economy means that they should be fully declared, covered by legislation and give rise to effective protection.”

Una formulación correcta, incluso elegante, pero que omitía el detalle incómodo: ¿quién asume los costos de esa formalización?

 

En este punto, el texto base identificó con precisión varios de los factores que perpetúan la informalidad, especialmente en el sector del reciclaje: bajo gasto público, infraestructura deficiente, acceso desigual a servicios básicos, baja productividad, alta complejidad normativa, y el omnipresente costo de cumplimiento. Todo esto fue listado de manera casi quirúrgica. Pero el diagnóstico técnico se volvió rápidamente político cuando empezamos a discutir las causas profundasde esa informalidad y, sobre todo, las responsabilidades para revertirla.

Insistimos en introducir la noción de equidad en lugar de simple “igualdad de acceso”, argumentando que ofrecer lo mismo a quienes parten de condiciones radicalmente distintas no genera justicia, sino reproducción de la desigualdad. La resistencia fue inmediata. “Equidad” fue vista por los empleadores como un concepto ambiguo, potencialmente redistributivo (horror), y por tanto, inaceptable. 

 

Propusieron mantener “igualdad” como forma de garantizar una falsa neutralidad, mientras los gobiernos intentaban una tercera vía semántica: “acceso heterogéneo”, una fórmula que suena a sociología cansada.

 

Otro eje de debate fue el famoso coste de cumplimiento (compliance cost), esa criatura gris que siempre aparece cuando se discuten estándares. Como explicamos, estos costes no se refieren al contenido de las normas, sino a lo que cuesta cumplirlas: desde llenar formularios hasta comprar equipos, contratar asesoría legal o someterse a inspecciones. En el caso del reciclaje, formalizar no solo implica registrarse ante una entidad estatal; implica transformar prácticas, invertir en mejoras, acceder a crédito, y, en muchos casos, profesionalizar un trabajo históricamente precarizado.

 

Propusimos entonces que el documento reconociera explícitamente que el Estado tiene un rol fundamental en compensar o asumir parte de estos costos —mediante subsidios, capacitación gratuita, financiamiento accesible o incentivos fiscales— para que la formalización no sea una trampa que termine excluyendo aún más a quienes ya están en el margen. Los empleadores, previsiblemente, se opusieron a cualquier mención que implicara una redistribución activa de recursos o responsabilidades.

 

La discusión se enriqueció con la introducción de una distinción clave entre factores estructurales y factores críticos que perpetúan la informalidad. Los estructurales —como la desigualdad de acceso a servicios, la invisibilidad del reciclaje o la falta de políticas públicas estables— requieren transformaciones profundas y de largo plazo. Los críticos —como la ausencia de registro laboral simplificado o la falta de capacitación— pueden y deben abordarse con medidas inmediatas.

 

Entender esta diferencia no es un ejercicio teórico. Es una brújula para la acción. Mientras algunos actores reclaman cambios estructurales, otros se escudan en su complejidad para no hacer nada en lo inmediato. La clave está en atender ambos niveles de intervención. Porque una política que no ataca los factores estructurales es superficial, y una que ignora los críticos es ineficaz.

 

En resumen, la formalización no es un acto administrativo. Es un proceso político, económico y cultural que exige redistribuir recursos, repensar marcos jurídicos y, sobre todo, reconocer al trabajo informal como trabajo real. De lo contrario, corremos el riesgo de escribir un documento que formaliza las palabras, pero no las condiciones de vida de quienes trabajan en los márgenes.

 

2.9 Transición justa: el consenso que se deshace al tocarlo

 

En teoría, la transición justa hacia economías ambientalmente sostenibles es el punto de mayor consenso declarativo del documento. En la práctica, es el que más fácilmente revela el cortocircuito entre los discursos y los intereses. Todos los actores se dicen a favor —gobiernos, empleadores, sindicatos— pero basta mencionar la creación intensiva de empleo, el rol del Estado o la redistribución de beneficios para que el acuerdo se desvanezca como un bosque quemado en PowerPoint.

 

El debate partió de una formulación general que, con cierta ambigüedad, hablaba de una “economía circular rica en empleo” (job-rich circular economy). Pero esa expresión activó todas las alarmas en el sector empleador. Su reacción fue inmediata: se opusieron a cualquier formulación que hiciera referencia a un modelo económico explícitamente orientado a la generación intensiva de empleo. Para ellos, la transición debe ocurrir, sí, pero sin alterar los fundamentos del modelo. Es decir, debe ser justa… pero solo si no incomoda a nadie con poder.

 

Esta posición vacía de contenido la noción misma de “justicia” en la transición. Porque si no hay compromiso con la creación de empleo decente, ni con la corrección de desigualdades preexistentes, ni con la inclusión activa de los sectores más vulnerados, ¿qué queda del concepto? ¿Una etiqueta para adornar informes? ¿Un hashtag institucional?

 

El punto de inflexión llegó al discutir el párrafo 18 de la Declaración de Transición Justa, que reconoce explícitamente que la transición ecológica puede ser una oportunidad para crear nuevos empleos decentes. No una amenaza, sino una palanca de inclusión y transformación. Desde el campo sindical, defendimos esa interpretación: no estamos pidiendo una compensación simbólica por los impactos de la transición, estamos reclamando que la transición sea —en sí misma— un proceso generador de justicia laboral, social y ambiental.

 

Los empleadores, por su parte, propusieron reformular varias frases clave para diluir sus efectos normativos. En algunos casos, sugerían sustituir “creación de empleo” por “potencial de empleo”. En otros, cambiaban “garantizar” por “promover”, “transformar” por “acompañar”. Parecía una clase magistral de cómo vaciar un texto sin eliminarlo.

 

Pero el debate más sintomático fue el uso del pronombre “todos”. Al defender la frase “transición justa para todos”, los empleadores insistieron en que ese “todos” incluía también a las empresas, como si estuvieran en situación de vulnerabilidad equiparable a los trabajadores expuestos a la informalidad, la contaminación o la pérdida de ingresos. Es decir, el concepto de justicia —originalmente pensado como mecanismo de reparación de desigualdades— se quería convertir en una fórmula de protección corporativa.

 

Frente a eso, reafirmamos una visión de la transición justa anclada en el principio de equidad transformadora: no se trata de que todos salgan igual, sino de que los más afectados por los cambios estructurales reciban más apoyo, más protección y más protagonismo. Porque la neutralidad en contextos desiguales no es justicia, es complicidad.

 

En este sentido, propusimos incorporar cláusulas que vinculen explícitamente la transición con políticas activas de empleo, inversión pública en sectores verdes, protección para trabajadores en reconversión, y apoyo específico a la ESS. Algunas de estas propuestas quedaron aceptadas. Otras, en corchetes. Y muchas, silenciadas.

 

Pero incluso en ese terreno incierto, se plantó una idea que resiste: la transición no es solo tecnológica, es política. Y si no la disputamos, no será justa: será simplemente inevitable.

 

Capítulo 3. Derechos en el trabajo: el centro que se sigue disputando

 

La apertura del capítulo 3 —dedicado a los derechos laborales— debería haber sido el momento más sólido del documento. Aquí, al menos en teoría, entran en juego principios fundacionales de la OIT: libertad sindical, negociación colectiva, eliminación del trabajo forzoso y del trabajo infantil, igualdad y no discriminación. 

 

Derechos que se presentan como “fundamentales” porque no deberían depender de contextos económicos, niveles de desarrollo o ideologías de turno.

Y, sin embargo, lo que se vivió en este tramo fue una especie de guerra de trincheras semánticas, donde lo que está en juego no es solo el lenguaje, sino la posibilidad misma de que estos derechos sean universales, exigibles y operativos.

La discusión arrancó con una maniobra simbólica: los empleadores propusieron cambiar el título del capítulo, eliminando la expresión “derechos laborales” y reemplazándola por “derechos y principios fundamentales en el trabajo”. Una aparente corrección técnica, que en realidad apunta a una despolitización del lenguaje, a una neutralidad estratégica que elimina la palabra “trabajo” como espacio de conflicto y redistribución.

 

El texto original afirmaba con claridad:

 

“La libertad de asociación y el reconocimiento efectivo del derecho a la negociación colectiva son derechos habilitantes que contribuyen a la democracia, a la gobernanza eficiente del mercado de trabajo y al trabajo decente. Su ejercicio tiene un impacto directo en las condiciones de vida y en el desarrollo económico y social.”

Una formulación que reconocía algo esencial: estos derechos no son un decorado jurídico, sino una herramienta de transformación. Son habilitantes porque permiten que otros derechos existan. Sin organización colectiva, no hay negociación real. Sin sindicalismo, no hay contrapeso al poder económico. Sin derechos reconocidos, la democracia queda atrapada en los márgenes del lugar de trabajo.

 

Frente a esto, los empleadores propusieron eliminar la última frase. Sí, eliminar —literalmente— la parte que decía que el ejercicio de estos derechos mejora las condiciones de vida y favorece el desarrollo económico y social. ¿La razón? Que no están dispuestos a aceptar que exista una relación causal entre la organización sindical y la mejora social. Un rechazo que no es técnico: es profundamente ideológico. Y que, de paso, dinamita décadas de evidencia empírica y doctrinas del propio sistema normativo de la OIT.

 

Desde nuestro lado, defendimos la redacción original. No solo por razones jurídicas, sino también por lo que representa: reconocer que el conflicto colectivo no es una amenaza al orden, sino una condición de su justicia.

 

Más adelante, la discusión sobre el acceso de representantes sindicales a los lugares de trabajo reciclador mostró hasta qué punto el reconocimiento formal de derechos no garantiza su ejercicio efectivo. Los empleadores propusieron una formulación restrictiva, que subordina el derecho a reunión sindical a la protección de la propiedad y la no interferencia con el trabajo. Su versión sonaba razonable —todo suena razonable cuando se escribe con gerundios institucionales— pero implicaba que las reuniones podrían ser limitadas por criterios empresariales discrecionales.

 

Propusimos una redacción alternativa:

“El derecho a realizar reuniones será plenamente garantizado, conforme a los principios de libertad sindical y diálogo social. Su ejercicio deberá realizarse sin interrupciones sustanciales de las tareas en curso y adoptando medidas razonables para la protección de los bienes, sin que ello implique una restricción indebida al derecho reconocido.”

 

Nuestra propuesta no niega el principio de equilibrio, pero impide que los empleadores lo utilicen como excusa para vaciar el derecho. En este punto, citamos experiencias comparadas: desde la legislación francesa que garantiza locales sindicales en empresas grandes, hasta el modelo uruguayo de negociación tripartita que institucionaliza las reuniones sindicales sin afectar la operación. Porque los derechos no se ejercen en abstracto: se ejercen en contextos, con obstáculos, con memorias, con cuerpos.

La discusión continuó en temas más graves: trabajo forzoso, migración, y trabajo infantil. En el artículo 81, los empleadores cuestionaron la existencia de trabajo forzoso en la economía formal y minimizaron el problema en contextos migratorios, pese a la evidencia concreta de abusos en sectores como el reciclaje industrial en Asia. Citamos casos reales. Recordamos estadísticas. Sostuvimos lo obvio: el trabajo forzoso no es un residuo del pasado, sino una estructura funcional de ciertos modelos económicos. Negarlo es participar de su legitimación.

Y finalmente, al abordar el 83 sobre trabajo infantil, propusimos vincular explícitamente la erradicación del trabajo infantil con la mejora de los ingresos familiares y la formalización del reciclaje. No como un gesto retórico, sino como política integral. La respuesta fue clásica: “esto no va aquí, pásenlo a protección social”. Un intento elegante de dispersar responsabilidades en la arquitectura del documento.

 

3.4 Discriminación, debida diligencia y precio justo: las palabras que molestan cuando se vuelven exigencias

 

A medida que avanzábamos hacia el cierre del capítulo 3, la discusión giró hacia temas que, en los papeles, deberían ser indiscutibles: igualdad de trato, no discriminación, y responsabilidad de las empresas en sus cadenas de valor. Pero como ya era costumbre en esta mesa, lo consensual se volvía polémico apenas alguien intentaba operativizarlo.

 

En los artículos 91 a 93, el debate se centró en las medidas para eliminar la discriminación en el empleo y la ocupación. Propusimos una redacción clara y firme: marcos legislativos integrales, definiciones explícitas de discriminación, medidas proactivas y acciones correctivas para atacar desigualdades estructurales. Sin sorpresas, los empleadores rechazaron términos como “framework” (marco jurídico) por considerarlos demasiado normativos, y sugirieron reemplazarlos por “strategies” (estrategias), más suaves, más abiertas… más vacías.

Volvimos entonces al texto original, recordando que sin marco legal, lo que queda es la buena voluntad, y que eso —como ya sabemos— no constituye política pública. La discriminación no se resuelve con recomendaciones optativas, sino con mecanismos vinculantes y acciones afirmativas.

 

Más adelante, en el artículo 89 sobre debida diligencia, se puso en escena un drama conocido: el rechazo empresarial a cualquier redacción que implique obligación directa. La versión inicial hablaba de que los empleadores “deberían llevar a cabo conductas de debida diligencia” (es decir, should conduct due diligence). Los empleadores pidieron reemplazar “conduct” por “promote” —promover, animar, sugerir que otros lo hagan, quizás, si no molesta.

Desde el campo sindical, insistimos en que si los empleadores y sus organizaciones no asumen responsabilidades concretas, la debida diligencia se convierte en una operación estética. No se trata de “fomentar la ética” como si se tratara de una feria de valores corporativos. Se trata de establecer criterios verificables, que garanticen condiciones dignas en toda la cadena de producción, especialmente en sectores donde la informalidad y el subcontrato funcionan como estrategia estructural.

 

La discusión se tensó aún más al abordar el punto sobre el precio justo. Una propuesta sindical pedía explícitamente que los empleadores “garanticen un precio justo”, reconociendo que la sostenibilidad económica de muchas prácticas laborales —especialmente en el reciclaje— depende de precios que cubran los costos reales del trabajo decente. Pero esta exigencia fue bloqueada con el argumento de que “los empleadores no pueden garantizar precios” porque no controlan el mercado. Una verdad parcial convertida en coartada: no pueden controlar los precios, pero sí presionan activamente para que los marcos regulatorios no interfieran en ellos.

 

El punto quedó —como tantos otros— en corchetes. Una pausa entre la voluntad política y el miedo a asumirla.

 

En los artículos 98 y 99, discutimos medidas afirmativas, con especial foco en las mujeres recicladoras. Propusimos inversiones públicas en infraestructura de reciclaje con enfoque de género, programas de formalización diferenciada y apoyo específico a trabajadoras de la ESS. El texto fue valorado… pero cuestionado en su ubicación. “No va aquí”, dijeron. Como si la inclusión fuera un tema de geografía documental, y no de voluntad política.

 

Finalmente, el debate sobre los verbos —“ensure” vs “promote”— cerró el dia -en realidad, la noche, cerca de las 10 - con una imagen perfecta del documento en su conjunto. Todos los actores acordaban que se debían “tomar medidas para la no discriminación y la inclusión”. Pero bastaba elegir el verbo equivocado para que se abriera una batalla conceptual. Porque en este juego, el poder no se ejerce solo con votos: también con adjetivos, adverbios y gerundios.

 

Epílogo. Lo que no se decide también cuenta

 

Al final del cuarto día, más que sensación de avance, lo que quedó fue una conciencia amarga del tiempo que no alcanza. Queda una sola jornada, y aún hay mucho —demasiado— por discutir. No por falta de texto, sino por exceso de subtexto. Las palabras están ahí: circularidad, trabajo decente, equidad, transición, sostenibilidad. Pero cada una viene cargada de sentidos cruzados, de ideologías en disputa, de límites impuestos por actores que se aferran al statu quo como si fuera el único orden posible.

 

Lo que está en juego no es menor. No estamos editando un glosario. Estamos definiendo qué modelos de desarrollo serán legitimados por un documento que, si bien no es vinculante, sí tiene efectos performativos: puede abrir puertas o sellarlas. Puede nombrar sujetos o condenarlos al anonimato institucional. Puede transformar prácticas o dejar todo igual, con lenguaje más amable.

Y esa es la verdadera disputa. Porque el riesgo no es solo que se impongan los intereses más conservadores. El riesgo es que se naturalicen, que se traduzcan al lenguaje técnico y se disfracen de equilibrio, de sensatez, de consenso. Que el documento diga cosas que suenan bien pero que, en la práctica, no obligan a nadie, no incomodan a nadie, y por tanto, no cambian nada.

 

Mañana será el último día. Y lo sabemos: no se va a cerrar todo. Pero tal vez podamos abrir algo. Un principio de ruptura con las formas automáticas de escribir el futuro con las categorías del pasado. Un reconocimiento explícito de que hay otros sujetos, otros modos de producir, otras formas de entender la dignidad en el trabajo. Una grieta, aunque sea mínima, en la narrativa dominante.

 

Lo que nos falta no es capacidad técnica. Es margen político, y algo de espacio para incomodar sin romper. A veces, construir significa aceptar lo posible, sin perder de vista lo necesario. Sabemos que no todo quedará dicho, ni todo lo justo será recogido. Pero también sabemos que, en este tipo de procesos, cada palabra conquistada cuenta. No porque resuelva todo, sino porque deja huella, marca un precedente, abre una rendija por donde otros —más adelante— podrán empujar un poco más.

 

Mañana viernes 9 de mayo será la última jornada. Y sí, probablemente no obtendremos todo lo que buscamos. Pero podemos asegurarnos de que lo que quede no sea un gesto vacío, sino un paso tangible. Que los avances, aunque parciales, tengan dirección. Que el documento no sea solo un consenso de mínimos, sino una plataforma desde la cual seguir disputando sentidos.

 

No se trata de callar ni de rendirse. Se trata de sostener —aun en lo incompleto— una apuesta. Porque a veces, avanzar también es saber elegir qué dejar escrito, qué nombrar, qué abrir… para que otros, después, puedan seguir construyendo..

 

DIA 3. UNA NUEVA ECONOMIA SOBRE VIEJOS CIMIENTOS.


 


El tercer día de deliberaciones marcó un punto de inflexión, no tanto por un giro inesperado en las posiciones, sino por la emergencia de una disputa más profunda: epistemológica, ideológica y normativa. La Sección 2 del borrador —“Empleo productivo y trabajo decente”— dejó de funcionar como una cómoda enumeración de principios de consenso para convertirse en un campo de batalla conceptual. Las intervenciones dejaron de orbitar en torno a metas operativas y comenzaron a perforar el suelo mismo del acuerdo discursivo: ¿qué entendemos por desarrollo sostenible, y sobre qué pilares se sostiene?

La pregunta no era retórica. ¿Es el trabajo decente una consecuencia deseable del crecimiento económico, un premio al final del proceso, o es más bien una condición de posibilidad, un presupuesto ético, jurídico y social sin el cual cualquier promesa de sostenibilidad se convierte en simulacro?

Esta tensión atraviesa no solo las posiciones ideológicas de los actores, sino también los modelos mentales con los que se diseñan políticas públicas. Desde una mirada instrumental, el empleo decente aparece como un subproducto: algo que “vendrá” si las empresas prosperan, si la inversión fluye, si el entorno es favorable. Es el viejo catecismo del derrame, versión verde. En cambio, desde una lógica garantista y republicana, el trabajo decente se entiende como una condición material de la ciudadanía, y por tanto, como prerrequisito de cualquier orden legítimo, no como un efecto postergado de dinámicas de mercado.

Lo que se discutía, en el fondo, era esto: si el trabajo tiene valor en sí mismo como forma de integración social, o si solo lo tiene en tanto es funcional al crecimiento de las unidades económicas. Y más aún: si el sujeto trabajador es un fin en sí mismo —titular de derechos, de voz, de dignidad— o simplemente un recurso entre otros, cuya existencia jurídica depende de su utilidad productiva.

La disputa, aunque no siempre explícita, puso en evidencia las fisuras del paradigma dominante. Hablar de “empleo productivo y trabajo decente” implica tensionar dos lógicas que no siempre se reconcilian: la lógica económica, centrada en eficiencia, competitividad y rendimiento; y la lógica del derecho, que apunta a la equidad, la protección y el reconocimiento. Cuando ambas se alinean, el resultado puede ser virtuoso. Pero cuando entran en conflicto —como ocurrió durante este tercer día—, la pregunta sobre cuál de las dos tiene primacía deja de ser técnica y se vuelve profundamente política.

El debate abrió con el punto 2.1, dedicado a la necesidad de construir un “entorno de políticas favorable, coherente y coordinado”. A primera vista, la fórmula parece indiscutible. ¿Quién podría oponerse a políticas coherentes? ¿Quién querría un entorno desfavorable o caótico? Pero esta retórica de la sensatez es precisamente lo que la vuelve peligrosa: esconde en su neutralidad una disputa sobre los fundamentos mismos de la organización social del trabajo.

El concepto de “entorno habilitante” se ha convertido en un fetiche de los discursos de gobernanza global. Pero su vaguedad estratégica permite que sea capturado por las fuerzas que ya ocupan el centro del tablero. La historia reciente muestra que estos entornos tienden a ser diseñados desde y para los intereses de los actores económicos dominantes, en nombre de la eficiencia y la atracción de inversiones. En ese diseño, los derechos laborales no son cimiento, sino variable de ajuste. Las normas se flexibilizan, los controles se debilitan, y la voz de los trabajadores —cuando existe— es tolerada como ruido de fondo.

Por eso insistimos: no hay entorno favorable si no se construye sobre reglas laborales exigibles, mecanismos de fiscalización efectivos y presencia activa del sindicalismo. No se trata de apilar instituciones por acumulación burocrática, sino de sostener condiciones mínimas para que el trabajo sea fuente de dignidad y no mera mercancía transable. La coherencia normativa no puede limitarse a la eliminación de duplicidades regulatorias; debe incluir la coherencia ética de un sistema que pone en el centro la vida de quienes producen.

De lo contrario, la “coordinación” invocada se convierte en un eufemismo de subordinación tecnocrática: una arquitectura de gobernanza donde las decisiones se justifican por métricas de eficiencia, pero no se legitiman por deliberación democrática. La técnica desplaza al juicio, y la promesa de neutralidad se transforma en un régimen de exclusión.

Las posiciones empresariales en el debate fueron coherentes con esta visión instrumental. Su noción de entorno favorable equivale a un ecosistema regulatorio moldeado a la medida de la competitividad. Las políticas públicas deben, en esta mirada, facilitar el flujo de capital, reducir cargas administrativas, evitar “rigideces” laborales, y crear condiciones para que “el mercado funcione”. Bajo esta lógica, el trabajo decente no es un objetivo, sino un derivado eventual, una consecuencia deseada pero no garantizada. Se postula como un efecto espontáneo del crecimiento económico, una especie de subproducto virtuoso que “ocurrirá” si se dan las condiciones correctas.

Pero este tipo de razonamiento —aunque frecuente en los marcos multilaterales— nunca ha sido confirmado por la experiencia empírica. Los episodios de crecimiento sin redistribución, de expansión empresarial con precariedad laboral, son numerosos. Insistir en la narrativa del derrame sin condiciones normativas es más una creencia que una política. Un acto de fe neoliberal vestido con traje de informe técnico.

El punto 2.2 del borrador, centrado en la inversión en infraestructuras, abrió un debate que, lejos de ser técnico, reveló dos visiones profundamente divergentes sobre el sentido del trabajo y la economía circular. En apariencia, se trataba de acordar qué tipo de infraestructuras son necesarias para avanzar hacia un modelo de desarrollo más sostenible. Pero en realidad, lo que se discutía era qué tipo de ser humano se asume al diseñarlas.

Para una parte del espectro —principalmente actores estatales y empresariales del Norte global— infraestructura era sinónimo de equipamiento técnico: plantas de reciclaje, camiones, maquinaria de separación, sensores inteligentes, y métricas de eficiencia. Esta perspectiva, anclada en una visión ingenieril del desarrollo, entiende la infraestructura como soporte físico de la productividad. Se mide en toneladas procesadas, en kilómetros asfaltados, en megavatios distribuidos. Todo lo que no entra en ese cálculo tiende a ser descartado como accesorio, “soft”, fuera de foco.

Desde nuestra perspectiva —informada por la experiencia concreta de los trabajadores en territorios precarizados— infraestructura tiene un sentido mucho más elemental y más humano: es el entorno básico sin el cual el trabajo deviene indigno, cuando no peligroso. Es acceso a baños en condiciones, agua potable, espacios de descanso, rutas de transporte seguras, protección frente a riesgos biológicos, acceso a insumos médicos básicos, conectividad digital mínima. Es, en suma, la garantía de que el cuerpo que trabaja no se agote, no se enferme, no se degrade sin reconocimiento.

Esa bifurcación conceptual no es inocua. Cuando se omiten las condiciones materiales básicas de quienes operan las infraestructuras, la productividad se convierte en una ficción tecnocrática. Un cálculo que optimiza variables abstractas mientras ignora las vidas concretas que las sostienen. Es el viejo truco de la eficiencia sin contexto, la misma que permite celebrar un modelo como “sostenible” aunque se apoye en cuerpos precarizados, expuestos y descartables.

Además, esta omisión refleja una jerarquía implícita entre infraestructuras “duras” y “blandas”, donde lo técnico es visible y financiable, y lo humano es invisible y prescindible. ¿Cómo puede hablarse de desarrollo sostenible si el trabajador que manipula residuos reciclables no tiene acceso a agua potable o a una mascarilla adecuada? ¿Qué clase de sostenibilidad es esa que construye plantas de reciclaje automatizadas mientras los recicladores informales no tienen un botiquín?

Y sin embargo, esta forma de pensar la infraestructura como soporte de dignidad no es una concesión humanitaria: es una apuesta racional. Porque donde hay dignidad, hay permanencia. Donde hay condiciones materiales mínimas, hay organización, hay memoria institucional, hay sostenibilidad real. No se puede construir una economía circular sobre cuerpos descartables. No hay eficiencia posible donde hay abandono estructural.

 

La tensión se hizo más explícita en el punto 2.3, dedicado al desarrollo de empresas sostenibles, donde se condensaron los malentendidos estructurales entre los distintos actores. Mientras para algunos la sostenibilidad empresarial se medía en términos de longevidad económica, acceso a mercados y “resiliencia” operativa, para otros —como nosotros— el término implicaba una integración real de principios laborales, sociales y ecológicos. Lo que estaba en juego no era solo un enfoque de política industrial, sino una disputa sobre qué tipo de empresa merece ser promovida en el marco de un modelo de desarrollo que se autodenomina “sostenible”.

En el subpunto 2.3.1, la discusión giró nuevamente en torno al tan mentado “entorno propicio”, ese oxímoron diplomático que, bajo una apariencia consensual, suele esconder una agenda de desregulación encubierta. Nuestra posición fue clara: un entorno propicio no es un espacio de excepción normativa, sino uno de equidad regulatoria. Es decir, un marco institucional que asegure reglas claras y exigibles para todos los actores, y que corrija las asimetrías de poder que deforman el funcionamiento de los mercados.

Proteger frente a la competencia desleal implica, por ejemplo, evitar que empresas que incumplen sistemáticamente derechos laborales puedan beneficiarse de contratos públicos o acceder a fondos de desarrollo. No se trata de intervenir el mercado por capricho ideológico, sino de evitar que el incumplimiento se transforme en ventaja comparativa. La sostenibilidad no puede ser un rótulo autoadhesivo ni una estrategia de marketing; debe ser verificada, exigida, y vinculada a condiciones claras.

Por eso propusimos que cualquier política de fomento —subsidios, incentivos fiscales, acceso preferencial a licitaciones— esté condicionada al respeto de estándares mínimos en materia de derechos del trabajo. No se trata de castigar, sino de orientar. De hacer que los beneficios públicos funcionen como palanca para la mejora, no como premio a la informalidad sofisticada.

Y en paralelo, insistimos en la trazabilidad ética: un conjunto de mecanismos que permitan seguir el rastro social y ambiental de las cadenas productivas, más allá del barniz corporativo. Porque hoy no basta con que una empresa se declare “sostenible”; debe poder demostrarlo, y debe hacerlo en todos los eslabones de su operación, incluyendo sus proveedores, contratistas y formas de tercerización. De lo contrario, la responsabilidad se diluye, se terceriza, se externaliza… y se pierde.

La resistencia empresarial a estas propuestas fue previsible. La idea de condicionalidad incomoda porque quiebra el automatismo de la competitividad como justificación universal. Pero esa incomodidad es necesaria. Porque sin ella, el adjetivo “sostenible” seguirá vaciándose de contenido, convertido en un decorado retórico que adorna documentos y etiquetas, pero que no transforma prácticas.

 

En el punto 2.3.2, dedicado a los servicios de desarrollo empresarial, salió a la superficie una omisión tan estructural como recurrente: la economía social y solidaria (ESS). Invisible para algunos, marginal para otros, esta forma organizativa fue tratada como nota al pie en un documento que se pretende plural. Y, sin embargo, en muchos territorios del Sur global —y cada vez más en los márgenes del Norte— la ESS no es la excepción, sino el tejido real de la producción y reproducción de la vida.

Denunciamos con claridad que estas formas empresariales no pueden ser tratadas como versiones “menores” del modelo corporativo tradicional. Requieren un enfoque de fomento diferenciado, con servicios de apoyo diseñados según su lógica organizacional: asociativa, comunitaria, cooperativa. Pretender que se adapten a una estructura institucional pensada para grandes empresas con fines de lucro no es integración: es asimilación forzosa. Es, en términos epistemológicos, una forma de colonización normativa.

El desarrollo empresarial no puede entenderse como una curva de eficiencia ascendente medida en rentabilidad. Debe incorporar, de manera explícita y exigible, la promoción del trabajo decente como criterio orientador. No basta con “tolerar” a la economía social en los márgenes del texto: hay que reconocerla como parte estructurante de un modelo de desarrollo alternativo. Sin ese reconocimiento, seguimos atrapados en una visión estrecha de lo empresarial, donde solo lo que se ajusta al molde hegemónico recibe apoyo institucional.

El punto siguiente, 2.3.3, sobre servicios financieros, nos permitió plantear una obviedad que, en este tipo de foros, suena casi herética: el crédito no puede funcionar como mecanismo de legitimación de la informalidad estructural. Si un emprendimiento vulnera derechos laborales, ese incumplimiento no debería ser invisible para el sistema financiero. Y sin embargo, lo es.

Nuestra propuesta fue tan simple como subversiva: condicionar el acceso al financiamiento al cumplimiento de los derechos fundamentales del trabajo. Nada que no esté ya contenido en los marcos normativos internacionales. Nada que no forme parte de los discursos de responsabilidad empresarial que circulan en todos los eventos de alto nivel. Pero cuando se propuso llevar esa retórica a una cláusula operativa concreta, la respuesta fue un rechazo frontal y sin matices por parte del sector empleador.

No hubo espacio para matizar, negociar o explorar mecanismos graduales. La sola idea de introducir una condicionalidad ética en el acceso al crédito fue descartada como “excesiva” o “antieconómica”, lo que evidencia una vez más que, en ciertos sectores, la libertad de empresa sigue considerándose incompatible con la exigibilidad de derechos. Lo que se preserva, en última instancia, no es la sostenibilidad, sino la opacidad.

 

Los apartados 2.3.4 y 2.3.5, dedicados al acceso a mercados y tecnologías, sirvieron como epílogo perfecto para una jornada marcada por asimetrías de poder apenas disimuladas. Lo que en principio podría parecer un debate técnico sobre instrumentos y conectividad terminó revelando, con claridad incómoda, el núcleo político de la exclusión económica contemporánea: sin intervención pública deliberada, sin regulación efectiva y sin políticas de redistribución activa, los actores más vulnerables quedarán inevitablemente fuera del juego.

Porque hablar de “acceso” sin hablar de reglas es como hablar de una carrera sin mirar el punto de partida. La lógica de mercado, dejada a su curso natural, no corrige desigualdades: las amplifica. Las cadenas globales de valor, con su sofisticada arquitectura de subcontratación, opacidad contractual y fragmentación territorial, operan como filtros de exclusión. En ellas, el precio de ingresar es la sumisión a condiciones impuestas por los actores dominantes. Por eso propusimos establecer límites al poder de mercado, mediante regulaciones que impidan prácticas abusivas, favorezcan la competencia equitativa y reconozcan el valor del trabajo a lo largo de toda la cadena.

Asimismo, reclamamos transparencia como principio estructurante. Porque sin trazabilidad en los contratos, sin visibilidad sobre las condiciones de producción, sin herramientas de monitoreo social, el llamado “acceso” es un espejismo. Las empresas dominantes argumentan que el mercado se autorregula, pero la experiencia muestra que, en ausencia de reglas claras, lo que se autorregula es la impunidad.

En materia tecnológica, la discusión fue aún más ilustrativa. Se habló con insistencia de “transferencia tecnológica” y “difusión de la innovación”, pero casi siempre desde una lógica vertical: el conocimiento como activo concentrado que puede, eventualmente, ser compartido en condiciones de subordinación. Frente a eso, planteamos la necesidad de fomentar plataformas cooperativas, infraestructuras digitales comunes, y tecnologías abiertas que no reproduzcan la lógica de dependencia. La tecnología no es neutra: puede habilitar la autonomía o reforzar la dominación.

Lo que propusimos no fue un modelo alternativo por romanticismo, sino por necesidad: sin formas colectivas de apropiación tecnológica, los trabajadores y trabajadoras más precarizados quedarán atrapados en el lado ciego de la digitalización. Convertidos en usuarios sin derechos, proveedores sin garantías, nodos desechables en sistemas que priorizan la eficiencia antes que la equidad.

La respuesta empresarial fue, previsiblemente, de rechazo. No se aceptó ninguna formulación que implicara intervención directa sobre el funcionamiento del mercado. Se reiteró la confianza en mecanismos voluntarios, en códigos de conducta autorregulados, en incentivos sin exigencias. Es decir, más de lo mismo: un marco retórico que se declara “abierto” y “dinámico”, pero que en realidad se cierra sobre sí mismo, blindado contra cualquier forma de redistribución real.

Este cierre dejó una sensación clara: no estamos discutiendo cómo construir inclusión, sino si vale la pena intentarlo. Y mientras se posterga la intervención pública en nombre de una eficiencia que nunca llega a los márgenes, los actores excluidos siguen siendo tratados como externalidades inevitables. Como si la justicia económica fuera un lujo que aún no podemos permitirnos.

 

El balance de la jornada deja una constatación tan evidente como inquietante: las empresas no discuten el modelo; lo reproducen con un fervor casi litúrgico. No argumentan su centralidad en términos de eficacia o justicia, ni siquiera desde una lógica económica racionalizada. Su presencia estructurante en el documento obedece a una inercia doctrinal: si así fue redactado en el pasado, así debe seguir siendo. La apelación al precedente se convierte en dogma, y el documento se transforma en un ejercicio de conservación antes que en un acto de creación colectiva.

Frente a esa certeza empresarial, los gobiernos y sindicatos aparecemos fragmentados, atrapados entre mandatos locales, presiones internacionales y consensos imposibles. Nos movemos entre la nostalgia normativa y el pragmatismo defensivo. En lugar de disputar el modelo, intentamos matizarlo; en vez de imaginar lo nuevo, nos aferramos a las categorías heredadas, como si el lenguaje de antaño pudiera todavía nombrar las crisis del presente. Y mientras buscamos respuestas en marcos conceptuales agotados, el suelo epistémico se descompone bajo nuestros pies: la realidad avanza más rápido que nuestra capacidad de comprensión.

Y sin embargo, algo se mueve. Por primera vez, los recicladores —esos actores históricamente silenciados en los márgenes del trabajo y del derecho— podrían ser incluidos en el texto. Tal vez sin fuerza jurídica vinculante, pero con una potencia simbólica que no debe subestimarse. Nombrar es reconocer. Reconocer es disputar sentido. Y disputar sentido es dar el primer paso para transformar estructuras.

La gestión de residuos —relegada tantas veces a la informalidad— empieza a ser visibilizada como lo que es: una política de salud ambiental, de justicia territorial, de reapropiación del bien común. No es solo un servicio, es una función social que redefine la economía circular desde abajo, no como un modelo de eficiencia, sino como un horizonte de reparación. Se abre un sendero, aunque lo recorramos aún con la torpeza de quienes no han aprendido a caminar sobre terreno inestable.

Lo que falta no es diagnóstico, sino audacia. No datos, sino voluntad de ruptura. Lo que necesitamos es capacidad de herejía frente a las ortodoxias heredadas. Así como los primeros laboralistas rompieron el corsé del derecho civil para crear un lenguaje que diera cuenta de la desigualdad estructural en las relaciones de trabajo, también nosotros —sindicalistas, juristas, actores sociales— debemos atrevernos a pensar lo que todavía no tiene nombre, lo que no cabe en las categorías existentes, lo que interrumpe el guion. Termina el tercer dia. ya pegamos la vuelta. 

 

miércoles, 7 de mayo de 2025

Día 2: O sea, 6 de mayo. O sea, ayer. o anteayer. el tiempo vuela.



Segundo día de trabajo en la reunión de expertos para elaborar directrices sobre el trabajo decente en el sector del reciclaje.

Volvemos a la reunión de coordinación con el equipo completo. Hacemos un repaso de nuestras enmiendas desde el punto 2.10 hasta el 2.45. Es un gran avance, considerando el escaso tiempo de trabajo y las diferencias de interpretación.

Hago aquí un alto. El método de trabajo en la OIT tiene un sesgo conservador preocupante: ubicado el problema, se buscan soluciones previas y se las repite. Si no hubo solución, se buscan fórmulas que hayan dado resultados "satisfactorios" antes, y también se repiten. Y si no hubo ni solución ni resultado, pero al menos hay una fórmula, también se repite. El problema es que, frente a desafíos nuevos como el cambio climático, los riesgos biológicos o la economía circular, se siguen aplicando fórmulas viejas que no tienen nada para ofrecer. Cuando hay que mirar al pasado, debería al menos mirarse la sustancia más que la forma.

Claro, las herramientas básicas siguen siendo útiles, pero mereceríamos un poco de audacia. Un convenio internacional ayuda a mantener la coherencia del sistema, una recomendación también orienta, pero una directriz…

Una directriz es una regla que no se animó a ser regla. Un "consejo con poder" que te sugiere cómo hacer algo sin sanción directa. Como cuando tu jefe dice: "Preferimos que los correos se manden antes de las 10 a.m.". No es obligatorio, hasta que lo haces mal.

En resumen: una directriz es una instrucción general para actuar o decidir, sin ser una orden estricta. Sirve para mantener cierta coherencia general, pero deja margen para que cada quien arruine las cosas a su manera.

Una directriz de la OIT es eso: una recomendación formal para orientar a los países en la aplicación de principios laborales decentes. No es vinculante, pero tampoco es inocua. Ignorarla no te lleva a juicio, pero sí al rincón de los incivilizados.

En ese marco, aparece una pequeña ventana para la audacia. Las directrices están basadas en normas y buenas prácticas, pero cuando ninguna de las dos alcanza, ¿qué queda?

Ahí entramos en la zona gris del caos regulatorio. Donde ni las normas obligan ni las buenas prácticas resuelven. Es el fascinante mundo de la ambigüedad institucional elegante.

Cuando todo falla, queda la audacia. Pero con traje. Innovar, hacer pilotos, crear políticas locales inspiradas vagamente en documentos internacionales. Todo envuelto en lenguaje institucional para que suene a estrategia y no a improvisación.

Quedan también los principios. A veces, el camino se retoma desde los principios. La OIT tiene una Constitución y una Declaración de Principios. Incluso sin una norma específica, se puede volver al "espíritu" de la Declaración de Filadelfia, a los derechos fundamentales.

Y, a veces, no queda nada. Solo el vacío. El limbo normativo. Todos saben que hay un problema, pero no hay herramientas. Solo se produce un informe. Con gráficos. En colores.

Sí, hay una ventana para la audacia. Pero si la abrís demasiado, puede que se cuele la responsabilidad.

Volviendo al tema (aunque hay muchos): "reciclaje" admite múltiples sentidos, al igual que "economía circular". Esa ambigüedad, combinada con el sesgo conservador del método de trabajo, es el terreno fértil donde los empleadores se aferran para impedir cualquier cambio real.

Ayer comenté que la Sección 1 del documento debía fijar la ambición de las directrices. Podría haber salido peor. Aún hay corchetes que resolver, así que mantengo la esperanza.

La Sección 2 se refiere a la empresa, aunque no lo diga explícitamente. Y aquí debo volver a mirar la Declaración del Centenario, un texto que prometía y terminó defraudando. Fue la presentación en sociedad de la empresa como sujeto histórico del derecho laboral: la versión 2.0 del empleador.

La irrupción de la empresa como sujeto orgánico del derecho del trabajo no es casual ni inocente. Es parte de un giro discursivo más amplio, donde la figura del empleador tradicional —esa persona jurídica o física identificable, con responsabilidades concretas— se transforma en un ente abstracto, polifacético, casi neutro: "la empresa". Esta entidad no solo produce, invierte o contrata. Ahora también piensa, siente, planifica. Se le otorgan atributos que, en realidad, corresponden a las personas que la componen. Esta transfiguración tiene un efecto jurídico y político clave: borra al empleador como sujeto de poder en la relación laboral.

En este modelo, la empresa deja de ser un escenario donde se desarrolla una relación jurídica entre partes desiguales, para convertirse en un cuerpo vivo del que todos —empleadores, trabajadores, proveedores, incluso el Estado— serían partes funcionales. Se genera así una organicidad engañosa, donde el trabajador ya no es un sujeto que negocia derechos, sino una célula más del organismo empresarial. En este relato, el conflicto desaparece por arte de magia. La subordinación desaparece. Y con ella, la posibilidad de lucha o de resistencia. Todo se subsume bajo la noción de sostenibilidad, entendida como continuidad del negocio.

Esta reconversión discursiva convierte a la empresa en el nuevo sujeto de derechos colectivos. Y en esa lógica, el trabajador deja de tener centralidad no porque se le niegue el derecho, sino porque se le disuelve simbólicamente dentro del todo empresarial. Es una estrategia sofisticada de neutralización política.

Segundo día: el empleador nos arrastra al barro que más le gusta. Finge no entender nuestras propuestas. Finge no conocer sus fundamentos normativos. Y reorienta la discusión hacia la empresa sostenible. Su hipótesis: solo habrá trabajo decente si hay empresas sostenibles. Pero entiende "sostenible" exclusivamente en términos económicos, como "capaz de sostener sus ganancias".

Así, el trabajo decente se subordina a la eficiencia económica, y el resto de sus dimensiones queda postergado para otra vida. En este modelo, se instala la lógica de que el esfuerzo debe centrarse en hacer sostenible a la empresa, convirtiéndola en el sujeto histórico de la transformación. Aparece un principio jurídico implícito: in dubio pro empresa.

No sorprendió que los empleadores se enojaran por un párrafo que proponía una mirada centrada en el trabajador. Ni siquiera aceptaron cambiarlo por "centrado en la persona humana". Se opusieron a toda centralidad que no sea la de la empresa.

Este desplazamiento es ideológicamente potente. Se diluye la figura del empleador y se encumbra a "la empresa" como sujeto. Se absorbe al trabajador dentro de la empresa, no como parte de una relación jurídica, sino como un componente orgánico de una trayectoria común. Así se disuelve la subjetividad y el conflicto, y se presenta a la empresa sostenible como única construcción deseable.

Esta reconversión ideológica borra la relación laboral como la entendíamos desde el iuslaboralismo clásico, y transforma al trabajador en un "emprendedor" más. Es el fin del sujeto obrero como lo conocíamos.

Vuelvo a la reunión. El empleador no quiere la centralidad del trabajador. Alega que no está en los documentos de la OIT —aunque sí lo está. Su método es la obsesión literal: solo acepta normas o acuerdos estrictamente tripartitos. Ofrece a cambio el mínimo de derechos fundamentales.

No distingue entre la recuperación como etapa de la GIRSU y la segregación como trabajo dentro de ella. Pide explicaciones de todo, y sus preguntas siempre son dos:

1. ¿Qué es eso que están pidiendo?

2. ¿Por qué lo están pidiendo?

Y luego, si existe un antecedente normativo, responde: “Entonces no lo pidan, ya existe.” Si no existe, responde: “La OIT no puede dar lo que no tiene.”

Cuando se le dice que esto es una directriz, una guía, una orientación… aparece el Donald Trump interior del empleador. Se vuelven más defensores de la soberanía nacional que la ultraderecha europea. Excepto cuando se habla de cadenas globales de suministro. Porque, como todos sabemos menos ellos, esas cadenas no existen. Son un invento para asustar niños.

Nuestro segundo día termina con una advertencia de la Presidenta de la reunión: con este ritmo y este nivel de discusión no vamos a poder terminar el documento. Vamos a dejar mucho trabajo pendiente. Esta es una oportunidad histórica que estamos desaprovechando. Estamos dejando pasar una herramienta que podría ampliar derechos para sectores muy necesitados.

Nos vamos cansados, sí. Pero también más conscientes, con el GPS recalculado y listos para el tercer día. Un día en el que, como sector sindical, tendremos que explicar para qué vinimos, qué queremos decir y qué exigimos.


martes, 6 de mayo de 2025

PRIMER DIA DE LA REUNION DE EXPERTOS SOBRE UN POSIBLE DOCUMENTO DE DIRECTRICES SOBRE EL TRABAJO DECENTE EN LA ACTIVIAD DEL RECICLAJE


🔹 Una mañana intensa: Arrancamos el trabajo

Desde las 8:30 a.m., comenzó la jornada con una reunión del grupo de trabajadores. Estaba compuesto por una combinación de expertos, representantes de sindicatos globales, y por supuesto, yo también estaba ahí. Fue un espacio de coordinación crucial para alinear estrategias de cara a las sesiones plenarias. Durante esta reunión, analizamos el discurso de apertura, definimos criterios sobre el borrador de directrices, y debatimos intensamente sobre el nivel de ambición que podíamos sostener frente a la resistencia previsible por parte de los empleadores.

Este primer encuentro interno fue clave. Si bien no fue sencillo encontrar un equilibrio entre nuestras demandas y los límites de la realidad institucional y empresarial, logramos establecer una base sólida. Lo más complejo fue ajustar nuestras expectativas sin perder fuerza en nuestras demandas. Hubo momentos tensos, pero primó la voluntad de construir un frente coherente y estratégico.


🔹 Sesión Plenaria: Primeros pasos hacia el consenso

Ya en la plenaria, la sesión fue presidida por Tanya Samuelson, quien dio apertura formal al evento. Con una mezcla de bienvenida institucional y visión personal, destacó los logros de su país, Noruega, en materia de reciclaje. En especial, habló de una tasa de reciclaje del 40% y una recuperación del 92% en botellas mediante su sistema de devolución de depósitos. También subrayó la importancia de la digitalización y la tecnología en la mejora de los procesos de reciclaje.

Por su parte, Frank Hagerman, en nombre de la OIT, expuso la urgencia de actuar frente a la informalidad del sector, los riesgos laborales, y la escasa atención política al tema. Destacó que el objetivo de esta reunión es claro: generar directrices con impacto real, que formalicen el sector y protejan a quienes lo sostienen día a día.


🔹 El Rol de la OIT y los desafíos del sector

El mensaje de Frank Hagerman fue contundente: el reciclaje es esencial para el planeta, pero no puede construirse sobre la precariedad de millones de trabajadores. Consciente de la informalidad crónica, los riesgos de salud ocupacional y la falta de regulación en muchos países, la OIT se plantea liderar una transformación en la que se pase del reciclaje como “economía marginal” al reciclaje como pilar de la economía circular con derechos.

Además, se presentó un informe técnico que servirá de base para el trabajo de esta semana. Este documento complementario identifica desafíos y oportunidades para construir políticas públicas sólidas, humanas y progresistas en el ámbito del reciclaje.


🔹 Noruega como ejemplo de buenas prácticas

La participación de Tanya Samuelson no se limitó a palabras de bienvenida. Su intervención mostró cómo un país puede liderar con el ejemplo. Noruega, a través de su sistema de devolución de depósitos y políticas públicas orientadas a la digitalización del reciclaje, ha logrado cifras impresionantes. Pero no todo es perfecto: también habló de los desafíos aún pendientes en cuanto a clasificación de residuos, educación ciudadana y necesidad de formar a trabajadores en nuevas competencias.

Destacó también el Consejo Tripartito para la Transición Justa en Noruega como un modelo de diálogo social eficaz entre gobierno, empleadores y trabajadores para gestionar los cambios laborales y tecnológicos de forma equitativa.


🔹 Organización y Plan de Trabajo

La sesión avanzó con el nombramiento de vicepresidentes: Anne Conan (Bélgica) representando al Gobierno, María Nella Suárez por el grupo de empleadores, y James Towers por los trabajadores. Con esta configuración tripartita, el plan de trabajo fue ratificado sin modificaciones. Tanya Samuelson insistió en que las intervenciones sean concisas para avanzar con eficiencia durante la semana.

Este plan se estructuró para revisar, mejorar y adoptar un documento que será guía para los gobiernos. Aunque no tiene carácter normativo, su influencia puede ser decisiva en la configuración de políticas públicas sostenibles.


🔹 Presentación del borrador de las directrices políticas

La sesión de la tarde arrancó con la presentación del proyecto de directrices por parte de Frank Hagerman. Este documento tiene un papel crucial en la semana de trabajo, pues será la base sobre la cual se debatirá, se harán enmiendas y, eventualmente, se adoptará un texto final que oriente a los gobiernos en la implementación de políticas inclusivas para el reciclaje.

Frank subrayó que el proyecto busca enfrentar una serie de retos interrelacionados: desde la informalidad laboral y la falta de seguridad social, hasta la ausencia de infraestructura adecuada y acceso limitado a la tecnología. Pero más allá de los problemas, se habló de las oportunidades que existen para transformar este sector en una fuente de empleo decente, digno y formal.

También enfatizó la necesidad de que las soluciones propuestas tengan una visión a futuro y estén centradas en el ser humano. En otras palabras, que no solo se hable de máquinas y sistemas de reciclaje, sino también de la dignidad de quienes hacen posible este ciclo todos los días.


🔹 Antecedentes y proceso de redacción del documento

La explicación sobre cómo se redactó este borrador fue liderada por Edmunds, quien compartió con los asistentes el trasfondo del texto. Aquí se dejó claro que no es un documento improvisado, sino el resultado de meses de trabajo y de un proceso participativo con actores diversos: desde académicos, sindicatos, empleadores, hasta representantes de gobiernos y organismos internacionales.

El texto está fundamentado en principios de la OIT y toma como referencia otras políticas nacionales y regionales en gestión de residuos y economía circular. Lo interesante es que busca responder tanto a contextos muy desarrollados como a realidades de países donde el reciclaje aún se realiza en condiciones informales y de subsistencia.

La intención de estas directrices es clara: ser una brújula para la acción. No se trata de imponer reglas, sino de ofrecer orientación útil, realista y adaptada a distintos contextos, con un enfoque en el empleo digno y la transición justa.


🔹 Declaraciones generales de los interlocutores sociales

En un tono institucional pero cargado de contenido político, los diferentes grupos presentaron sus declaraciones generales. El grupo de trabajadores abrió su intervención con un agradecimiento a la OIT por convocar esta discusión. Luego, centraron su mensaje en la necesidad de marcos legales sólidos, respeto a los derechos laborales y combate al trabajo infantil y forzoso en el sector.

La informalidad fue una preocupación central. En muchos países, quienes trabajan en reciclaje no tienen contrato, ni protección social, ni equipos de seguridad adecuados. Por eso, pidieron que las directrices no se queden en palabras, sino que sean verdaderamente ambiciosas y transformadoras.

El grupo también destacó la importancia de un diálogo social genuino, en el que los trabajadores sean escuchados y no simplemente consultados. "No se puede hablar de transición justa si se excluye a quienes más necesitan justicia", fue una de las frases más potentes del discurso.


🔹 Visión del grupo de empleadores: pragmatismo y gradualismo

Como era de esperarse, el grupo de empleadores tuvo una posición más conservadora. Su mensaje giró en torno a la necesidad de políticas realistas, escalables y adaptadas a las capacidades técnicas y económicas de cada contexto. Enfatizaron que no se puede imponer una única fórmula para todos, y que la diversidad del sector exige flexibilidad regulatoria.

Pidieron también que se consideren los costos de implementación, las limitaciones de infraestructura y la necesidad de acceso a financiamiento. Para ellos, es esencial que las políticas apoyen la competitividad y no terminen siendo una carga regulatoria que desaliente la inversión.

Aunque las diferencias con el grupo de trabajadores son evidentes, también hay puntos de convergencia: ambos quieren que el sector del reciclaje evolucione, que se dignifique y que se vuelva una actividad reconocida y protegida.





🔹 Primera sesión de enmiendas: trabajo fino en el texto

La jornada continuó con el análisis detallado de las secciones 1 y 2 del documento. Aunque la sección 1 es breve, su importancia es clave: define el tono general y la filosofía de las directrices. Por eso, cada palabra fue objeto de discusión. Aquí se buscó dejar claro que, aunque el documento no sea normativo, debe ser contundente en sus principios.

La sección 2, más extensa, aborda la visión del empleador del reciclaje. Este punto generó debate, ya que mientras el grupo de trabajadores proponía descripciones más vinculadas a derechos y responsabilidades, los empleadores insistían en la necesidad de reconocer la realidad operativa y los retos del sector privado.

Se trabajó en distintas enmiendas, pero no fue posible cerrar todos los puntos. El nivel de detalle y la carga política de cada término hicieron que el ritmo fuera más lento de lo esperado. Conscientes de ello, se decidió continuar la revisión al día siguiente, con mayor preparación y reflexión.

🔹 Un ambiente tenso pero constructivo

Aunque las posturas entre trabajadores y empleadores se mantienen en muchos puntos, lo cierto es que el ambiente general de la plenaria ha sido respetuoso y orientado al consenso. Todos los participantes parecen tener claro que, más allá de las diferencias ideológicas o de intereses, hay una oportunidad única para avanzar en un documento que puede cambiar la realidad de millones de recicladores en el mundo.

Este ambiente no significa que todo haya fluido sin fricciones. Algunos párrafos fueron objeto de interpretaciones muy distintas. Por ejemplo, el lenguaje sobre "transición justa" generó discusiones: ¿debe incluir garantías explícitas de ingresos y protección social, o puede quedarse en principios generales? Las respuestas variaron según la procedencia y el rol de los delegados.

Lo mismo ocurrió con el concepto de "formalización". Mientras los trabajadores pedían un enfoque claro que obligue a los gobiernos a reconocer y regularizar a quienes hoy trabajan en la informalidad, los empleadores querían que esta idea esté matizada por las realidades económicas de cada país.

A pesar de todo, la voluntad de negociar y encontrar caminos intermedios fue evidente. Incluso en los momentos más tensos, se mantuvo un tono colaborativo, algo que no siempre ocurre en reuniones de este tipo.

 


lunes, 5 de mayo de 2025

¿Qué hacemos aquí? Reflexiones desde el grupo de trabajadores en la OIT (primera parte)


¿Qué hacemos aquí? Reflexiones desde el grupo de trabajadores en la OIT

 

Esta semana participo, propuesto como experto del sector de los trabajadores , en en el equipo sindical que hace parte de  una reunión convocada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra. Nuestro objetivo es discutir y adoptar directrices de política para promover el trabajo decente en la industria del reciclaje. Puede sonar técnico, pero lo que está en juego aquí es muy concreto: las condiciones de vida y de trabajo de millones de personas que hoy reciclan materiales en todo el mundo, muchas veces en condiciones precarias.

 

¿Por qué esta reunión importa?

 

La OIT es el único organismo de la ONU que reúne de forma tripartita a gobiernos, empleadores y trabajadores para debatir y acordar políticas laborales. No es solo un foro, es un espacio de construcción colectiva. En esta reunión estamos personas de todos los continentes, trayendo realidades muy distintas, pero unidas por una necesidad común: asegurar que el reciclaje, una actividad vital para enfrentar la crisis ambiental, no se haga a costa de los derechos laborales ni de la dignidad humana.

 

El reciclaje y el trabajo decente: retos y oportunidades

 

Como señala la propia OIT, el reciclaje puede ser motor de empleo verde y crecimiento económico, pero también es un sector donde predomina la informalidad, los ingresos bajos y la falta de protección social. Las nuevas directrices buscan cambiar eso. Están pensadas como una herramienta práctica que pueda orientar políticas públicas, legislación y programas de apoyo, tanto en países con sistemas avanzados como en aquellos donde el reciclaje es una actividad de supervivencia.

 

¿Qué son las directrices y por qué tienen valor?

 

Las directrices sectoriales de la OIT no son normas juridicas, pero tienen fuerza moral y técnica. Son fruto del consenso entre los tres grupos y se basan en los convenios internacionales del trabajo. Ayudan a los países a construir marcos coherentes de políticas en temas como empleo, protección social, formalización, economía circular, salud laboral, diálogo social y más.

 

En nuestro grupo, el de los trabajadores, insistimos en que no puede haber transición ecológica sin justicia social. Por eso defendemos con fuerza la formalización del sector, el acceso a la seguridad social, la protección contra riesgos y la inclusión activa de recicladores y recicladoras en las políticas públicas, sin discriminación.

 

La importancia del diálogo tripartito

 

Lo que diferencia a este proceso es justamente que aquí no venimos a imponer visiones, sino a construir puentes. Escuchamos. Negociamos. Argumentamos. Y, cuando hay acuerdo, ese acuerdo tiene peso. Las directrices que logremos consensuar pueden orientar desde licitaciones municipales hasta leyes nacionales, pasando por planes de empresas o proyectos de cooperación.

 

En resumen

 

Lo que hacemos aquí no es solo una reunión más. Estamos poniendo palabras sobre papel para que luego pueden convertirse en derechos, en oportunidades, en protección para personas que muchas veces han sido invisibilizadas. La OIT nos ofrece este espacio único, y como representante del sector de los trabajadores, es un honor y una responsabilidad participar en este proceso.

 

 

domingo, 4 de mayo de 2025

NADA ABURRE MAS QUE UNA CRONICA DE VIAJE. CORRIJO: NADA ABURRE MÀS QUE UNA CRÓNICA DE MIS VIAJES

Lo digo con conocimiento de causa, con pruebas documentadas, con varias libretas llenas de anotaciones que no valen la tinta con la que fueron escritas. Porque el viaje, a menos que se sufra, no tiene historia. Y si se sufre, tampoco es una historia: es una queja. Quejarse no es contar. O eso creía hasta ahora.



Los únicos episodios memorables de mis viajes son catástrofes menores: perder un vuelo, un pasaporte, un abrigo, una medicación, un poco la dignidad. O una combinación de todo eso. Eventos perfectamente evitables, pero que mi torpeza y el avance inexorable de los miedos —que con la edad ya no se camuflan como precaución, sino que se presentan con nombre y apellido— convierten en rutina.


El viaje comienza, como siempre, en un asiento de avión. Clase económica. Última fila. Al lado del baño. Con respaldo fijo. Reclinable solo hacia adelante, por castigo. Las rodillas pegadas al asiento de adelante, que por supuesto sí se reclina. Intento dormir, intento leer, intento no pensar. Termino haciendo todo al mismo tiempo. Miro películas. En alemán. El catálogo es un campo de batalla. Finalmente, algo en español: Harrison Ford, Cary Grant… No sé si están en la misma película o en dos diferentes. Recuerdo que en una parte lloré. O fue en ambas. No importa. Nadie sube a un avión para ver buen cine. Subís para sobrevivir.


A mi lado, un bebé llora. No llora: ejecuta. Una obra de desesperación pura, sin filtros, en cinco actos. Detrás, dos amigas argentinas hacen lo mismo pero con palabras. Se cuentan la historia de su vida, otra vez. No exagero: otra vez. Mismos personajes, mismos conflictos, mismas inflexiones. El loop eterno de la charla reciclada. Debería haber tomado nota. Las buenas historias están siempre al lado.


Luego, el desfile aéreo de platos de plástico. El “¿pasta o carne?” de cada vuelo. Opto por la pasta, sin entusiasmo. La “carne” me da miedo: puede ser de res, de ave, de algo cuya extinción se encuentra prohibido por algún país. Veganos del mundo, aquí tienen una victoria sin lucha. Le sumo una copa de vino tinto, un vaso de agua, y una serie de decisiones gastronómicas que hacen imposible dormir. Pero igual me esfuerzo, porque es lo que uno hace en los aviones: forzar lo imposible.


Aterrizo en Frankfurt. Y ahí empieza otro viaje. El interno. El que no aparece en los mapas. Frankfurt es un aeropuerto disfrazado de laberinto. Desde la puerta de llegada hasta la conexión internacional hay, literalmente, 3.200 pasos. Lo sé porque los conté. Mi reloj me lo confirmó, con un entusiasmo absurdo. Migraciones, control de equipaje, aduana, duty free: una secuencia diseñada por alguien que odia a los viajeros. El duty free parece una trampa: perfumes, chocolates, pasillos con paredes de espejos. Uno intenta avanzar y termina girando en círculos como en un sueño raro.


Pido ayuda. Me la da una empleada alemana, amable pero confundida. Me señala una dirección que no existe. Sigo la letra A durante 2.800 pasos. Luego, desaparece. Fin de la pista. Miro alrededor como si alguien me estuviera filmando. Nadie. Solo yo y mi valija.


Finalmente, aparece la puerta. Llego sin aire, sin paciencia, sin dignidad.


Y entonces, Ginebra.


Ginebra, en contraste, parece el aeropuerto de una ciudad del interior. Argentina, digo. ¿Córdoba? ¿Rosario? ¿Mendoza? Nunca fui a Mendoza, pero me la imagino así: limpia, prolija, con una elegancia que no presume. Desde el aire, todo parece pintado a mano: parcelas, casas, jardines. Nada está fuera de lugar. Todo parece respetar una coreografía silenciosa.


Del aeropuerto voy directo al tren. Directo significa que uno camina como si fuera a salir de un aeropuerto internación al  le aparece una estación de tren, una terminal techada. Subo  con un ticket para usar el transporte público, gratis, durante mi estadía, regalo del gobierno local. No hay que pedirlo, no hay que justificarlo. Simplemente te lo dan, como si confiaran en vos. Eso, para alguien que vive en países donde la desconfianza es un protocolo de Estado, ya es ciencia ficción.


Salgo del aeropuerto. Subo al tren. Siete minutos más tarde estoy en la estación Cornavin. Breve trayecto. Casi ceremonial. Las ventanas muestran una ciudad como dibujada por alguien con TOC. Me bajo, cruzo la calle, busco la rue de Montbrillant. Me equivoco: me meto en la place de Montbrillant. Hay un parque, chicos, árboles, madres que hablan en francés bajito. Yo busco un hotel. Retrocedo. Me doy cuenta del error. Y ahí está: el hotel. El que mi hija mayor me reservó con una eficacia que admiro en silencio.


Subo. Piso cuarto. Ascensor lento, como si pensara cada piso antes de decidir subir. Pasillo mudo. Alfombra que amortigua los pasos. Y en la pared, un cuadro de Maradona. De espaldas. Camiseta 10. La Selección. Un gesto mínimo, inexplicable, y profundamente conmovedor.


Abro la ventana de la habitación. Miro hacia la estación. Y como dirían los hermanos Ábalos: casas más, casas menos. Es igual a Constitución.


Escucho el sonido de un domingo por la tarde. La estación se lenna de empleados volviendo, de estudiantes regresando. Hay algo reconocible ahí. tren que parte. Me digo, sin apuro, casi en voz alta:

el trabajo de hoy ya está hecho.

Mañana, me toca lo más difícil: comienza la “reunión de expertos para discutir y adoptar directrices de política sobre la promoción del trabajo decente en la industria del reciclaje” en la Organización Internacional del Trabajo.hacerme pasar por un experto en una reunión de aquellos que si lo son.


sábado, 3 de mayo de 2025

Qué hacemos con lo que tiramos? cronica de un ultimo viaje a la OIT.


 


Empieza el viaje, la parte material del viaje, ya en Ezeiza, sentando, viendo aviones y gente. la cabeza ya viajó y se perdió hace varios dias. Y, como siempre, lo primero que aparece no es la emoción ni el entusiasmo, sino el cansancio. Cansancio anticipado, como si el cuerpo ya supiera que la verdadera fatiga no es física, sino moral. O quizás esa otra cosa que ocupa el lugar donde alguna vez estuvo la moral.

 

Otra reunión. Otro aeropuerto. Otra sala con micrófonos minúsculos y sin siquiera el consuelo de un café imbebible. Pero esta vez no es una reunión más, donde sacas la taza que te mandaste a hacer con la frase “perdido en una reunión que podría haber sido un email” No. Es Ginebra. Es la OIT. Es, por primera vez en más de un siglo, un intento de redactar directrices sobre trabajo decente en el reciclaje. Y aunque suene a tecnicismo, a jerga de funcionario gris, es —o podría ser— algo más que eso.



 

Nos han convocado para hablar de los precarizados estructurales de nuestras ciudades, a los que llaman recicladores como si fuera el título de una serie de Netflix,  Un recorrido benévolo por las víctimas del naufragio del “Titanic” capitalista. No para ofrecerles un bote, ni siquiera un salvavidas, sino una tabla de madera un poco más ancha, ligeramente menos mojada. Porque hay crisis, sí —siempre—, pero también hay oportunidad. O eso queremos creer.

 

Y es también el momento de hablar de quienes ni siquiera han notado que el barco se ha hundido. Porque hablar de reciclaje no es hablar de basura. Es hablar del mundo como objeto de uso. De cómo lo usamos, lo agotamos, lo desechamos. Y, por supuesto, de cómo también nos desechamos a nosotros mismos: trabajadores descartados, territorios abandonados, formas de vida convertidas en ruinas.

 

La OIT nació en 1919, antes que la ONU, como una anomalía esperanzada en medio del desastre. Un intento de civilizar el trabajo tras la Gran Guerra. Un gesto de cordura en un continente desangrado. Una voz clara tratando de poner al trabajo de las personas el calificativo de “humano” una organización que se hizo dueña de la bandera de la justicia social y de alguna de las frase màs luminosas para cualquier laboralista “la paz permanente solo puede basarse en la justicia social” y ahí nomas, para que no quedaran dudas decir: 

“todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo o sexo tienen derecho a perseguir su bienestar material y su desarrollo espiritual en condiciones de libertad y dignidad, de seguridad económica y en igualdad de oportunidades;”

Pero claro, quizás el documento haya quedado algo viejo, o quizás las personas ya no lo necesiten, o sea el emprendedorismo el nuevo nombre del trabajo….

Y sin embargo, un siglo después, aquí estamos: hablando del trabajo más invisible de todos. El reciclaje. Aunque, para ser honestos, lo que llaman “reciclaje” en realidad es otra cosa. Es caminar calles, revolver bolsas, buscar entre lo que otros tiran —porque el sistema público no llega, porque fue desfinanciado por políticas que llamaron exitosas—. Nos dijeron que la iniciativa privada se haría cargo, pero no aclararon que hablaban de estos privados: los que pagan con su cuerpo lo que otros capitalizan en commodities químicos. Y así, una vez más, el sur —esta vez el sur urbano— cae en una lógica extractivista, sólo que ahora no del subsuelo sino del tacho.

 

De eso hablamos: de un trabajo que no se ve, que no se paga, ni en el mundo formal ni en sus márgenes. Un trabajo que, cuando aparece, es a través de imágenes borrosas: camiones, contenedores, una mujer doblada sobre una pila de cartones.

 

El borrador que nos convoca tiene cinco capítulos, cuarenta mil palabras y un arsenal de eufemismos. Uno pensaría que en un documento así, la precarización —ese dragón sin San Jorge— tendría al menos un párrafo digno. Pero no. Aparece una vez. Una. Y no como protagonista, sino como nota al pie. Como si incluso en el texto, los recicladores fueran carteles para esconder detrás de su drama los otros dramas, los de los trabajadores públicos y privados de la cadena de suministro, también invisibilizados, en una lucha de pobres contra otros aún más pobres que queremos ocultar.

 

¿Qué son estas directrices, entonces? Menos que un convenio. Menos incluso que una recomendación. No obligan, no sancionan. No tienen dientes. Pero a veces, incluso sin fuerza legal, hacen historia. Porque las palabras, si están bien escritas, pueden mover políticas. Pueden empujar decisiones. Pueden cambiar lo posible. A veces. Y si no van a implicar un compromiso, intentemos que sea una mejor promesa, volviendo a las raíces de la declaración de Filadelfia.

 

Este texto, sin embargo —este borrador cauteloso, con su prosa aséptica y su ambición contenida— parece diseñado para no incomodar a nadie. Tiene todo lo necesario para no quedar mal, y nada de lo imprescindible para hacer una diferencia. No habla del financiamiento de los servicios públicos. No menciona el valor económico de la ganancia ambiental. No se pregunta por qué dejamos que el sistema colapse. Como si la economía circular funcionara por combustión espontánea y no fuera, en realidad, una máquina que alguien tiene que encender, sostener, reparar.

 

Hay, además, tres temas que faltan. Primero, un marco legal que dé trazabilidad al proceso, que reconozca el valor ambiental de lo reciclado, que castigue la externalidad negativa del descarte crónico. Segundo, un análisis serio de toda la cadena del reciclaje: desde el ecodiseñador, que imagina productos con segunda vida, hasta los recicladores industriales que los transforman en algo útil. Entre medio, claro, están los gestores, los recuperadores, los invisibles. Y tercero, la cadena inversa: esa que empieza cuando arrojamos algo al tacho y termina —si todo va bien— en una nueva materia prima. Una cadena circular que, más que cerrar, suele marear a políticos y economistas por igual.

 

Lo dice el informe. O lo digo yo. Es lo mismo: la generación de residuos crece más rápido que el PIB. Es decir, somos más eficientes produciendo basura que riqueza. Una caricatura del capitalismo tardío. Consumimos más, tiramos más, y en el proceso generamos empleo… del peor. Precario. Fragmentado. Inseguro. Invisible.

 

¿Y qué hacemos con eso? ¿Lo ignoramos? ¿Lo maquillamos? ¿Lo disfrazamos de innovación verde?

 

No, gracias.

 

La única forma de hacer justicia —no sólo social, también ecológica— es mirar el problema de frente. Y eso empieza por reconocer a los trabajadores del reciclaje como lo que son: piezas clave de una economía que se dice circular, pero que muchas veces sigue girando en espiral descendente. Hay que darles nombre, rostro, salario, derechos. No por caridad. Por justicia.

 

Viajo con un cuaderno abierto. Siempre lo hago. Es mi manera de pensar. De defenderme del ruido. De no convertirme en burócrata. Y mientras hago la valija, pienso en todo lo que no está escrito. En lo que hay que decir. En lo que aún falta por pelear.

 

Esta semana será intensa. No cambiará el mundo. Pero quizás —si decimos lo que hay que decir, si escribimos lo que otros no se animan a leer, si dejamos constancia— quede una huella. Pequeña. Invisible. Pero una huella, al fin.

 

Así estoy yendo. Así me despido. Con esa esperanza que tanto me molesta y nunca me deja. Con la rabia habitual. Con la ilusión golpeada pero que a primera vista simula estar intacta. Y con esa pregunta que me sigue, como un eco testarudo: ¿qué hacemos con lo que tiramos cuando lo que tiramos es lo humano?


 

viernes, 2 de mayo de 2025

Una economía que crece y un mundo que se desborda



Por qué producimos más residuos que riqueza


El espejismo del crecimiento

Durante décadas, la humanidad ha perseguido el crecimiento económico como si fuera la única brújula posible. PIB arriba, todo está bien. PIB abajo, saltan las alarmas. Nadie se preguntaba qué dejábamos atrás en esa carrera. Nadie hablaba —al menos no en voz alta— de los restos.


Hoy ya no podemos callarlo: los restos nos han alcanzado. Se amontonan. Nos rodean.


El crecimiento se frena, los residuos no


Según el Fondo Monetario Internacional, la economía mundial crecerá al 2,8% en 2025 y al 3,0% en 2026. Son cifras moderadas, menores al promedio de 3,7% registrado entre 2000 y 2019. Una desaceleración con causas múltiples: conflictos geopolíticos, tensiones comerciales, y sobre todo, un modelo agotado.


Pero mientras el motor económico pierde impulso, hay otro que no para: la basura. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, los residuos sólidos urbanos pasarán de 2.300 millones de toneladas en 2023 a 3.800 millones en 2050. Un aumento del 65%. Y no hablamos de desechos industriales o peligrosos, sino del día a día: plásticos, empaques, electrónicos, ropa.

Es decir, por cada punto de crecimiento económico, generamos residuos al mismo —o mayor— ritmo. Un crecimiento que arrastra su sombra.

 

¿Por qué generamos más basura que valor?


Porque el modelo económico sigue siendo lineal. Aunque nos repetimos que vivimos en una economía verde o digital, la lógica dominante sigue siendo la del usar y tirar. Obsolescencia programada. Consumo rápido. Desecho fácil.


Las clases medias emergentes imitan el estilo de vida del norte global. ¿Cómo no hacerlo? Es el modelo aspiracional. Pero con él importan también sus defectos: la acumulación, el derroche, la desconexión entre consumo y consecuencias.


Y hay un problema estructural que lo agrava: las cadenas de suministro globales. Desde la extracción de materias primas hasta el transporte y el embalaje, cada etapa genera residuos. La basura comienza mucho antes de que llegue a nuestras manos.


El fracaso de la eficiencia


Nos prometieron que la tecnología resolvería esto. Que seríamos más eficientes. Pero la eficiencia, sin límites, es solo una forma de multiplicar el daño a mayor escala. Si no hay un cambio en el sistema de valores y en la infraestructura global, reciclar es apenas un parche en una presa agrietada.


La basura se gestiona, en muchos lugares, como hace 50 años: se entierra, se quema o se ignora. En países sin capacidad de tratamiento, se convierte en paisaje. En amenaza. En destino.


No es solo una crisis ambiental


La brecha entre desarrollo y residuos no es una anomalía: es el reflejo de una lógica que mide el éxito por su velocidad, no por su dirección. Seguimos sumando crecimiento económico sin restar impacto ecológico. Nos gusta hablar de sostenibilidad, pero no renunciamos al exceso. El resultado: un planeta que se vuelve intransitable, no por falta de riqueza, sino por la saturación de sus desechos.



¿Y ahora qué?


La respuesta no es fácil. Pero la pregunta es clara: ¿vale la pena crecer si lo que dejamos atrás es más grande que lo que construimos?


Es hora de replantear la narrativa. El progreso no puede medirse solo en cifras, sino en consecuencias. No se trata de dejar de crecer, sino de crecer de otro modo. Sin que cada unidad de riqueza venga acompañada de su equivalente en basura.


Porque si no cambiamos eso, seguiremos avanzando hacia el colapso con una sonrisa estadística en la cara y una montaña de residuos a la espalda.


 

Bibliografía

Fondo Monetario Internacional (2025). World Economic Outlook Update – January 2025. Recuperado de: https://www.imf.org/es/Publications/WEO/Issues/2025/01/17/world-economic-outlook-update-january-2025

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2024). Perspectiva mundial de la gestión de residuos 2024. Recuperado de: https://www.unep.org/es/resources/perspectiva-mundial-de-la-gestion-de-residuos-2024

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (2024). El mundo debe superar la era de los desechos. Comunicado de prensa. Recuperado de: https://www.unep.org/es/noticias-y-reportajes/comunicado-de-prensa/el-mundo-debe-superar-la-era-de-los-desechos-y


martes, 22 de abril de 2025

Una carta a la Tierra: el Papa que habló con el mundo

Escribí estas líneas con el corazón apretado y la cabeza llena de ideas. Hoy, 22 de abril, Día Internacional de la Tierra, nos llega la noticia de la muerte del Papa Francisco. La coincidencia no es menor. Francisco no fue un Papa cualquiera. Fue una de las pocas voces globales que se atrevió a decir lo que muchos prefieren callar: que este modelo nos está llevando al desastre, que nadie se salva solo, y que la ecología sin justicia social no existe.
Este texto no es una elegía religiosa. Es un intento de poner en palabras lo que su figura representó para muchos de nosotros: una esperanza lúcida, una ética del cuidado, una política del amor al prójimo y al planeta.




Este 22 de abril, Día Internacional de la Tierra, el calendario nos propone una coincidencia que conmueve. La muerte del Papa Francisco —el primero que eligió su nombre en honor a Francisco de Asís, el santo que habló con los animales y abrazó la pobreza como camino— ocurre justo en la jornada en que el mundo detiene su marcha para pensar el futuro del planeta. No es un hecho menor. Es casi un mensaje. Una señal que interpela a creyentes y no creyentes por igual.

Francisco no fue un pontífice convencional. Hijo de inmigrantes italianos, nacido en Buenos Aires, su voz vino desde el margen del poder, desde el sur global, y logró colarse en las discusiones más urgentes del siglo XXI. Fue, quizá, uno de los últimos líderes morales con alcance universal. Un hombre que entendió el lenguaje de la época: habló de ecología, de justicia social, de migraciones, de fraternidad en tiempos de odio, de un sistema que descarta vidas humanas como si fueran basura.

En nombre de los que nunca son nombrados, lanzó dos cartas abiertas que definieron su papado y trascendieron las fronteras de la Iglesia: Laudato si’ (2015) y Fratelli tutti (2020). Estas encíclicas no fueron textos pensados solo para creyentes: fueron faros para una humanidad desorientada, atravesada por la crisis climática, la desigualdad obscena, la cultura del descarte y la polarización permanente. En ellas no propuso dogmas, sino puentes. No sentencias, sino caminos. Su mensaje fue claro: sin justicia social no hay ecología posible, y sin fraternidad no hay futuro.

 

En defensa de la casa común


Laudato si’ fue, y sigue siendo, una pieza fundamental del pensamiento ecológico contemporáneo. No es un texto religioso en el sentido tradicional: es un documento político, ético y profundamente humano. En él, el Papa Francisco denunció con una contundencia inusual lo que muchos gobiernos, empresas y medios aún se resisten a admitir: el modelo económico dominante —basado en el extractivismo, la explotación ilimitada y la lógica del descarte— destruye la naturaleza y precariza la vida. No lo dijo con eufemismos. Lo dijo como lo dicen los pueblos que ven secarse sus ríos, colapsar sus cosechas, morir su fauna, ser desplazados por la minería o los monocultivos. Como lo gritan las comunidades que sufren inundaciones, incendios, enfermedades evitables. Como lo sienten quienes, desde abajo, viven en carne propia la crisis ecológica que otros debaten desde oficinas climatizadas.

“Todo está conectado”, repetía Francisco, y con eso derrumbaba de un solo golpe la falsa dicotomía entre lo ambiental y lo social. No hay lucha por el clima sin justicia social. No hay transición ecológica si se hace a espaldas de los trabajadores, si no incluye a las comunidades, si no transforma el sistema y sus reglas. No hay solución tecnológica que pueda reemplazar la dignidad del trabajo humano ni la sabiduría de quienes cuidan la tierra con sus manos. Tampoco hay futuro si los costos del “cambio verde” los pagan siempre los mismos: los pobres, los del sur, los invisibles.

En Laudato si’ está también una crítica profunda —y por momentos feroz— a la cultura del descarte. Una cultura que no solo desecha objetos cuando pierden su utilidad, sino que trata a las personas como si fueran descartables. Los pobres, los ancianos, los migrantes, los trabajadores precarios —y podríamos agregar a los defensores ambientales, perseguidos y asesinados en muchas regiones del mundo— son víctimas sistemáticas de un sistema que mide el valor en términos de rentabilidad, no de dignidad. Un sistema que sacrifica vidas humanas en nombre del crecimiento económico, y que llama “progreso” a lo que en realidad es una forma sofisticada de destrucción.

 

Una fraternidad que atraviese las fronteras


Cinco años después de Laudato si’, en plena pandemia, el Papa publicó Fratelli tutti. Si la primera encíclica fue un grito por la Tierra, esta segunda fue un llamado urgente a reconstruir los lazos humanos en un mundo quebrado. La humanidad, decía Francisco, está herida. Por la desigualdad, por el aislamiento, por la desconfianza que se instaló como norma. Frente al cinismo, al individualismo feroz, al “sálvese quien pueda” globalizado, él propuso algo tan revolucionario como simple: reconocernos como hermanos. Como parte de una misma familia humana, más allá de credos, fronteras o ideologías.

Fratelli tutti es una encíclica sobre la política, pero no sobre partidos. Es una propuesta ética, una visión de la política como acto de servicio y no como herramienta de acumulación. Un manifiesto que invita a repensar nuestras instituciones, nuestras economías, nuestras formas de convivencia. En sus páginas hay críticas concretas y sin vueltas: a los populismos que manipulan los miedos del pueblo, a los neoliberalismos que naturalizan la exclusión, a los discursos de odio que alimentan violencia, a los muros que separan cuerpos y alimentan fantasmas. Pero también hay lugar para otra palabra olvidada: ternura. Se habla de ternura como forma de resistencia, de diálogo como herramienta de transformación, de encuentros que sanan más que mil decretos.

Francisco no esquivó los conflictos. Al contrario: los miró de frente. Habló de las guerras, de los migrantes, del racismo estructural, de la pobreza que no es accidente sino resultado de decisiones. Y pidió que nadie quede afuera de las decisiones que afectan su vida. Que los trabajadores, las mujeres, los pueblos originarios, los jóvenes, tengan voz, tengan silla, tengan poder. Que los movimientos populares, los sindicatos, las organizaciones comunitarias, sean actores reales en la construcción de otro modelo de sociedad. Que el futuro no sea una imposición de los de siempre, sino una creación colectiva con justicia, dignidad y esperanza.


 

La muerte de Francisco y el legado que queda


Hoy, al recordar a Francisco en el Día de la Tierra, es imposible no verlo como lo que fue: un profeta de nuestro tiempo. No en el sentido místico, sino en el más político y humano del término. Un hombre que incomodó a los poderosos, que habló de límites cuando todo el mundo celebraba el exceso, que denunció el mito del crecimiento infinito en un planeta finito. Uno que eligió ponerse del lado de los descartados, no de los dueños del sistema. Que propuso una ecología con rostro humano, y una fraternidad con memoria histórica: una que no olvida a las víctimas, que no borra las luchas, que no iguala al opresor con el oprimido.

El mundo llora su partida, pero su palabra sigue viva. No quedó encerrada en los muros del Vaticano ni archivada como un documento más. Sigue latiendo en quienes pelean por aire limpio, por agua segura, por bosques en pie, por condiciones de trabajo dignas, por territorios libres de saqueo. Sigue en quienes creen que otra economía es posible —una que ponga la vida en el centro— y que la justicia ambiental no es un lujo de países ricos, sino un derecho que debe ser garantizado para todos, en todas partes.

Este 22 de abril no será solo un día para plantar árboles. Será también un día para plantar ideas. Ideas fuertes, incómodas, necesarias. Ideas como las que Francisco sembró con coraje, a contracorriente: que la Tierra es nuestra casa común, no una mercancía. Que nadie se salva solo, ni los individuos, ni los países. Que estamos al borde de un colapso, pero que todavía hay tiempo de cambiar el rumbo si tenemos la valentía de imaginar otro mundo, y de construirlo juntos, desde abajo, con justicia, con ternura y con memoria.


 

Referencias

Francisco. (2015). Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común. Vaticano.

Francisco. (2020). Fratelli tutti: Sobre la fraternidad y la amistad social. Vaticano.



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